martes, 26 de enero de 2016


Retractos # 06: “Amalia Sapryzthyx

 No estuve presente cuando el retracto fue creado, pero distingo benevolente, cualidades puras representativas de la Licenciada Amalia.
 Su carácter podría compararse al de una jauría de lobos, reunidos en una perra, sin ánimo de ofender, pero no tendría
 manera de esbozar comentarios acerca de ella si no partiese de distinciones que la separa de sus colegas y demás personas que he conocido.
 Sus clases de historia del arte, a veces simples reseñas inconsistentes de un proceso del que rescataba todo aquello que no tenía la menor relevancia, fueron, de algún modo, el disparador de numerosas investigaciones y deserción estudiantil.
 Sería un error abordar pasajes de sus exposiciones, más allá de puntuales comentarios que son producto de alguien que no comprende algo que no profesa, ni jamás ejerció.
 Así para Amalia Sapryzthyz la obra del Caravaggio era cuestión de paciencia: “en aquella época tenían tiempo abundante para dedicarle a un cuadro, y por eso hacían esas cosas”.
Sublime razonamiento; la Licenciada carece del tiempo suficiente para generar obra de la calidad del Caravaggio, ya que son otros los tiempos, deduciendo que de abundar los días y meses donde concentrar su esfuerzo, serían tantos los Sapryzthyxs como los Caravaggios a admirar.
 El arriesgado criterio del tiempo en función de una obra que manipuló nuestra docente, saltaba argumentos como décadas en una gráfica del tiempo, y sobre acontecimientos históricos condicionantes que leudaron definiciones artísticas e impactantes propuestas, este proceder de “saltamontes” fue devastador para el curso.
 Cuando el curso se había iniciado, parecían confusas sus apreciaciones, y esto, por extraño que parezca, jugaba a su favor. El maestro abre juicio sobre una obra, y de no entenderse cuales son sus argumentos o hacia donde apuntan sus inquietudes, sin duda sus aprendices distan mucho de su genio.
 “Así quien no, con un Rey atrás, cualquiera pinta en vez de trabajar en el campo.”                                   Comentó al final de una clase. Por fortuna la desesperación por salir de aquel rudimentario salón para aplastar imbéciles descongestionó las aulas y corredores, y sus reflexiones de subnormal se desintegraron como la poca gracia del polvillo de tiza que se desprende al borrar el pizarrón.
 ¡Velásquez, agradece a su Majestad, campeón de la fe cristiana, el que hayas andado en harapos y sin zapatos en vez de labrar la tierra con herramientas toscas que impidan ser utilizadas como armas! Sin materiales para trabajar y sin zarabandas para bailar, igualmente sentite un privilegiado en la tierra de los olivos.
 Una tarde se presentó a clase evidenciando una total apatía e intención de hacer nada que justifique su presencia. Argumentó un fuerte dolor de cabeza y problemas incomprensibles con un vecino loco. La mitad de la clase, que hacía de cuenta que entraba o salía, huyó de forma grosera sin el menor disimulo una vez que comprendió sus ademanes.
 Quienes permanecimos en el aula, varios de nosotros drogados, comprendimos que aquello sería una verdadera enseñanza sobre el arte. De pie, de brazos cruzados y apoyando su buen culo contra el escritorio, permaneció con la mirada perdida en el suelo, seria y distante. Se hizo un silencio que obligó a posar la atención en cosas lejanas o pensar en fantasmas circundantes. Observé su seño fruncido, la idiotez estrujada en su cerebro compartimentado de forma tan complicada que merecería un elogio, más si se desconociera que era el producto de razonamientos mezquinos y desatinados, adversas recomendaciones que su alma segrega incompatibles con el arte y el mundo. Entonces observé sus caderas, las piernas cruzadas y juntas alisaban el pantalón generando una “Y” perfecta que contenía su sexo como una copa, y que ondulante se ajustaba a la cintura con una armonía perfecta. Difícilmente ella fuese capaz de imaginar aquellas formas mediante pensamientos como los que habitualmente tenía.
 Habló de “La síntesis”. Arma de doble filo para la mediocridad, delatada negación para compatibilizar la obra en función del tiempo… Hizo extraños ademanes y disparó frases que por tan comunes parecían engrudo sonoro que se pegaba como moscas a las paredes. Su tono tomó un cause de consejo, escapando del consuelo que parecía exigir por estar allí y no saber qué la había llevado a esa situación, y, peor aún, por qué mierda estudió esa cosa llamada “historia del arte”.
 “En el verdadero artista se aprecia la síntesis” – Dijo. Me reí y disimulé con una tos aquella conclusión lanzada como luz a gusanos que al amparo de la oscuridad, se revolvían entre sí, sin reconocer qué se comía o qué era excrementos.
 Seguramente el trabajo en el plano es, por sí mismo, síntesis. El manejo de información expresiva  o elementos estéticos sobre él depositados no son el resultado del tiempo o proceso de elaboración, son simplemente eso, trucos ordenados o en desorden que hablan con el lenguaje gráfico y cuentan algo. Para alcanzar esa síntesis de la que la Licenciada habla, posiblemente sea necesario conocer lo que no está, porque estará implícito en el lenguaje de manchas, puntos o líneas, y no en la devastación de la estructura de la obra por el simple motivo de “eliminar información”.
 La clase fue terrible, inconexa, contradictoria con lo visto hasta el momento desde antes de llegar allí, y desafortunadamente aburrida. Era más la energía que requería encausar la clase por una senda lógica que enfrentar argumentos o generar otros diferentes.
 El timbre sonó cuando ya estábamos saliendo del recinto donde se “aplastan imbéciles”. Curiosamente, la profesora quedó delante de mí y aprecié el movimiento de sus piernas y la alternada montura que hacía una nalga sobre la otra al caminar. Pensé si esos pasos generasen una línea en su recorrido capaz de interpretarse como una obra, como un friso. Si la presión de cada pie era igual en toda la superficie de la planta, y si eso no advertía ritmos o matices diferentes.
 Bruscamente se dio vuelta, como si recordase haber olvidado algo, y me encontró a mí a escasos metros con mi mirada fija en su trasero creador.
 Pareció sonreírme y pasó muy cerca mió. No me di vuelta para ver hacia donde iba, seguro se hubiese olvidado de hacer algún tramite dentro de la facultad.
 Ya en casa, preparándome con lentitud un café que hasta hacía un par de horas me recriminaba no haber tomado antes de salir, contemplé mi sombra que un extraño rebote de luz proyectaba sobre la pared de la cocina. Supuse fuese una pintura en el plano, simple y desprovista de cualquier detalle que estuviese contenido dentro de ese contorno gris azulado y que en mí, quien la generaba, estaban en el color de mi ropa, las texturas del pelo, la piel y la tela, etc. Entonces automáticamente pensé de forma inversa en relación a las caderas y el cuerpo todo de la profesora, apoya al escritorio, detalles de formas que envuelven y se amoldan armoniosas a una estructura bien definida, esbelta, seductora.
 Algo pareció entonces contradecir mi razonamiento con respecto a lo dicho por la Licenciada en cuanto a la síntesis, y fue algo que ella, ahora lo dudo, posiblemente hubiese asimilado hace tiempo, y que yo, ni siquiera era capaz de detectarlo: la síntesis es un modo de vida, y en la representación en el plano, en el ejercicio del arte, no es más que eso que estaba delante mió y no veía, me refiero a aquello que, entre artilugios, matices soñados y maravilloso contraste, es lo que realmente atrae al punto de que la obra gire en su entorno.

RV 2016

          

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