domingo, 26 de febrero de 2023

 

2022 - Merodeadores / Capítulo 10º: "En direcciones diametralmente opuestas"

 El viento cálido del desierto me peinaba los bigotes en una tarde hermosa y despejada, y en su viaje, pensaba si mi olor llegaría hasta los bosque soñados. Estaría presente en tantos lugares como la brisa me hubiese envestido.

 Sería entonces el momento de pensar en que cada imagen del desierto que frente a mí se plasmara, sería un sueño o recuerdo lejano y difuso del que rescataría los más delicados detalles que guardaría como piezas de un tesoro fabuloso. Pero era realmente poco atinado considerar esta posibilidad como un mandato destilado desde las estrellas, reflejando en destellos fosforescentes sobre la arena, el camino hacia este lugar nunca visto y documentado...

 ¿Los parámetros serían todo aquello que no es lo que es del desierto?

 Sentí pasos desde mi lado izquierdo, solo que las piedras que me hacían de refugio, me impidieron saber de quién se trataba. Sentí las pisadas morder la arena y hacerla crujir bajo su peso, pero su cercanía me puso en alerta máxima acurrucándome a las piedras.

 Un extraño pajarraco, una criatura de gran porte, de indefinidos rasgos y confusos movimientos quedó en frente mío, se detuvo y no dejó de mirarme con aquel ojo que estaba en el flanco visual que me contenía. Parecía tener ropas y joyas barrocas, era difícil saber qué elemento era qué, y cuál correspondía a cada uno de ellos. Pensé que al menor movimiento, debería escapar en sentido opuesto a su posición y marcha, obligándole a darse media vuelta y así ganarle terreno en su torpe y pesada maniobra de redireccionar el ataque. Obviamente correría también en sentido opuesto de mi madriguera, alejándome de forma diametralmente opuesta a su ubicación, pero describiendo un semicírculo de prolongado radio capaz de incomodar las tácticas de caza de una bestia depredadora como aquella...   

-Joven...  -dejó escapar con voz clara y muy ronca. -¿Me daría usted las coordenadas correctas para acercarme a la gran metrópolis de Sâqued?

Pensé  igualmente en huir, pero en la primera reacción al verle, del miedo me había replegado en un instintivo salto que me trancó una pata trasera entre dos piedras, y para escapar de tal situación, debía hacer un movimiento hacia adelante que podría ser mal interpretado por aquel animal perdido, y considerar que le hubiese intentado atacar. Me decidí a hablarle:

No sé bien qué es... no sé dónde está Sâked. (Su enorme ojo no parpadeaba ni se movía de mí, era tan grande que hasta creí verme reflejado en él. Se mantuvo expectante. Su atuendo sofisticado y atiborrado de encajes, bordados y piezas doradas, por momentos parecían tener vida propia, pero eran los brillos que producía el sol en su viaje tras las dunas, y este efecto me mareaba un poco. Tuve que mirar hacia otro lado. En la proyección de su sombra deduje que algo así como una gran pipa deforme estaba del otro lado de su boca.)

-¿No ha sentido hablar de Sâked, la gran ciudad de Sâked? Bueno, hacia allí me dirijo luego de que mi nave perdiese impulso y su propulsión mermase... Ahora sólo necesito saber si es correcta la dirección en la que me muevo.

-Vea, señor...

-Conde de Oulx.

-Señor Conde de Olks...  el desierto de Cook es verdaderamente inmenso, no es que lo haya recorrido, no, no, simplemente se apersonan tantas criaturas que me da a entender de que su espacio debe ser verdaderamente enorme, y todos vienen de lugares que están atrás de los horizontes que me circunvalan...

 El Conde me observó durante un rato, y entendí en su mirada inquisidora todo el desprecio hacia una criatura insignificante como yo, y el grosero y pequeño mundo que me era conocido, el cual era simplemente absolutamente limitado y de una mediocridad dramática. Me decidí a hablarle, porque no sabía cómo podía terminar aquello: un súbdito idiota que no puede siquiera señalarle el camino a su amo...

¿Pero de dónde venía,  (le pregunté), cómo es posible que alguien de su alcurnia se encuentre desamparado y sin escolta en medio del desierto? (Me respondió inmediatamente, al punto de sorprenderme y no entender bien de qué me hablaba al principio.)

-Mi palacio fue tomado por criaturas repugnantes y mezquinas, mediante una estrategia bien planificada, fue mi guardia y escoltas sorprendidas y diezmadas obligándome a huir de forma escalofriante  para salvar mi vida. La autonomía de mi nave era limitada, y creí que como mínimo, usted estaría en grado de indicarme por dónde ir. Pero visto que ignora que hay más allá de su hocico, y no comprende un universo que no sea aquel de su pelambre y la arena, mi conversación termina aquí.

 El enorme pajarraco reanudó la marcha, haciendo sonar la arena bajo sus patas. No le quité la mirada de encima hasta verle desaparecer detrás de las dunas, y como un mal presagio liberado a último momento, el sol también se ocultó como escapando de su presencia despreciable. Había destrancado mi pata en algún instante de la conversación.

  Pensé qué hacer o decir para retenerle un instante, para que no se fuese defraudado y yo me sintiese tan frustrado, pero mi universo no estaba únicamente constituido por mi pelambre y la arena.

 Lentamente me desplacé hasta mi querido montecito de frutas, ofuscado y también muy decepcionado con aquel mamotreto arrogante y mal educado. Volví con mi rama y observé el brillo de alguna estrella en el sudor de mi hocico, y me detuve. Pensé que se había equivocado, y que fui un tonto al no decírselo; al no decirle que en mi universo estaban contemplados bosques con muchas plantas y lagos con cascadas... ¡hasta pensé en correr a gritárselo! Pero también hubiese sido muy incrédulo pensar en que para alguien como él sería de importancia mi confesión.

 Continué el camino con mi rama hacia la cueva. Estaba claro que ahora debía encontrar aquel paisaje maravilloso, y me refugiaba en el argumento de que para mí el desierto ya no podría ser el mismo, porque no podía saber quiénes lo recorrían ni qué intensiones tenían. Y por sobre todas las cosas, que justamente aquellas criaturas más negativas y desagradables, rechazaran y malinterpretaran como escueto y breve mi universo, lo que me esperanzaba en jamás encontrarlas allí.

RV 2023 - Fin 

 


         

sábado, 11 de febrero de 2023

2022 - Merodeadores / Capítulo 9º: "Los bosques que habitamos"

 Para cualquier incrédulo que crea que los desiertos son tan monótonos como sus planicies, yo les respondo: sí, casi...

 Es imposible hacerle entender a quien no vive aquí, la variedad de tonalidades del cielo y su fuerte contaminación cromática en el suelo, o que puedan creer que, en determinadas ocasiones, muy cada tantos años, es posible oler al mar... y más increíble y demente es que, ese olor a mar, lo reconocemos quienes nunca estuvimos siquiera cerca de él.

 También, aunque a menor medida , es difícil oír música en el desierto, generada por vientos, el rozamiento de la arena con la arena, los truenos ensordecidos y desintegrados entre nubes de polvo que se elevan al cielo como verdaderas montañas... ¡y apenas puedo tener una noción de montaña basada en los picos rocosos que por momentos he observado en el horizonte!

 Pero la magia del desierto obliga al refinamiento de los sentidos alcanzando una fantástica gama de blancos y ocres casi ilimitada; la profundidad del cian en los cielos; la distancia y parpadeo agonizante de algunas estrellas... la descomposición de los colores en los cristales de la arena...  la sequedad o humedad del aire...

 Todo se vuelve maravillosamente variado, en un espectro limitado. Entonces la imaginación busca detallados recuerdos de sustancias o imágenes para resolver acertijos frente a situaciones extrañas.

 Aquella tarde, preciosamente fresca y que se dispersaba en la noche, hechizada de tantas estrellas que ni siquiera se escondían con el sol, aquella hermosa noche donde la briza componía una melodía apacible y misteriosa, con perfumes del monte y frutas fermentadas, con el olor metálico de las rocas bruñidas por la eternidad de los tiempos, presencié una escena tan absurda que podría retener como inteligente y acertada.

 Frente a mí, desde la puerta de mi cueva y trazando secuencias de sombras a lo largo de los ojos entrecerrados, apareció una formación de criaturas que avanzaban con paso firme, y para mí, bastante rápido.

 Alineados con separaciones de más de veinte metros entre sí, y abarcando una línea de horizonte a horizonte, estos individuos caminaban sobre el desierto.

 Me asustó el no haberles sentido llegar, pero comprendí que el perfume que sentía estaba contaminado por ellos, y más precisamente por la sustancia que expulsaban.  Una vez pasaron frente a mi madriguera, continuaron a paso firme y veloz, y yo fui tras ellos con la idea de que me vieran, pero sobre todas las cosas, que vean que soy inofensivo.

 Su dirección no variaba, y las coordenadas de su desplazamiento estaban perfectamente alineadas al acantilado y el monte, por lo que les seguí con calma y apenas mirando hacia atrás para corroborar que su curso era siempre el mismo.

¡Amigo! (Grité a uno de ellos que hacía un rato me había observado en más de una ocasión.)

¿Hacia dónde se dirigen, si se puede saber y no es un desatino de mi parte plantearle esta pregunta?

-¡Hola, pequeño! -Me respondió con voz jovial, y además, el "pequeño", me pautaba que mi propósito de caer amigable había funcionado.

-Nos dirigimos hacia los valles de los Feudos Cróxis, hasta allí, nada más.

-¿Feudos Cróxis?

-Así es, pequeño amigo. Allí el suelo se vuelve absolutamente  árido y nuestra empresa no es posible.

-Pero, ¿qué hacen? (Ni  bien pregunté, noté que de sus hombros surgían pequeñas flores o piezas metálicas que se asemejaban a flores. Que de su zona plana con forma de disco, brotaban pequeñas partículas desde perforaciones dispuestas concéntricamente.)

-Fertilizamos el desierto para que en un futuro sea posible que crezcan plantas.

¿Crezcan plantas? ¿Y el otro tipo de hace unos días sacaba aceite negro de abajo del suelo y estos tiran cositas en la arena? ¿Qué es esto? Comenzaba a fastidiarme, más que el ignorar cómo podría ser mi desierto, donde forasteros venían y me hablaban de cosas que no conocía porque no se ven, que además hagan lo que les plazca sin consultarme. Tuve un arrebato de locura, posiblemente si estos personajes no hubiesen sido tan afables en su trato, difícilmente lo hubiese concretado. Pero el hecho fue que lo tuve: corrí hasta situarme delante de ellos, más precisamente frente a aquel con el que había mantenido la conversación. Me paré  obstaculizando su recorrido, a unos metros. Más que continuar y pecharme, o directamente evadirme sorteándome por un costado, este tipo se paró... ¡y todos pararon al segundo! Miré hacia ambos lados de la línea y todos, hasta desaparecer de mi vista, se habían frenado. Todos miraban hacia aquí, y lo deduje por la postura marcial y geométrica de cada uno de ellos al estar girado hacia mí. Hubo un gran silencio, y yo me apuré a plantear mis argumentos sin darles tiempo a retomar la marcha.

¿Por qué nadie me ha consultado si yo, habitante de este desierto, estaba de acuerdo con que llevaran a cabo tal empresa? ¿Quién me preguntó algo si quería que tiraran esas cositas por la arena? (Se mantuvieron en silencio un rato, un eterno e inquietante rato.)

-Amigo... pequeño amigo, no lo hicimos porque el desierto es muy grande, y recién lo conocemos a usted... Venimos hace más de tres años en esta dirección, y no cruzamos más que algún individuo en la lejanía que no tuvo el más mínimo acercamiento con nosotros.

(No sabía qué contestarle, y permanecí desafiante.)

-Escuche -dijo el que se encontraba inmediatamente a la izquierda del que tenía en frente, -¿usted nos permitiría continuar con nuestro trayecto, fertilizando el suelo? ¿Cree que esto pueda generarle algún inconveniente?

-Pero eso que tiran, ¿hará que crezcan plantas, como en los bosques con lagos? (Mi pregunta fue algo estúpida pero directa: hacía nuevamente referencia a cosas que no conocía, y la conjunción bosque-lagos era, simplemente, infantil.)

-Es muy posible que eso ocurra, dentro de muchos años. Seguramente no estemos vivos para confirmarlo, pero ha funcionado en otros lugares de idénticas características: desiertos inhóspitos hoy son bosques frondosos; junglas exuberantes antes eran planicies de piedra y arena...

No estaba en condiciones de reafirmar lo dicho ni detractar, por lo que miré el suelo y la uniformidad de los cristales de arena me enceguecieron por unos segundos. Además, si se trataba de traerme el paisaje de mis sueños a la puerta de mi casa, me hacía un formidable favor, porque el tiempo pasaba y yo era incapaz de aventurarme en su busca.

Bueno, sigan... y ojalá que crezcan algunas plantas antes de que me muera. (Dejé escapar como un desafortunado consuelo.)

-¡Pero eso delo por hecho! Usted habló de bosques con lagos, no sería posible que en tan poco tiempo se llegue a esa escala, pero sí de grandes extensiones de flora. -Me comentó el que estaba en frente. Creí que me enloquecería de alegría, y cuando reanudaron la marcha, el que estaba delante mío, me dijo:

-El monte con frutos es un ejemplo, tiene siglos de vida. Con este proceso se expandirá y habrá muchas variedades de plantas, créame amigo.

 Me hice a un lado para no retrasarlo, y los acompañé ladrando de alegría; ellos reían y yo ladraba...

 A la vuelta, en medio de la noche cerrada pero bajo una bóveda de estrellas que iluminaban todo el desierto, y a pesar de correr como demente por algunos tramos (de alegría, no por pavor como acostumbraba), sentía la arena meterse entre mis dedos y yo expulsarla al aire en cada zancada...

 No fui a mi guarida. Pasé sin mirar el acantilado de los imbéciles (así le había apodado), y fui hasta el montecito sólo para admirar las plantas.

 Todas armónicamente enredadas, siguiendo patrones de color, forma y proporciones salvajes que solo ellas conocían. Las admiré un rato largo y vi la luz de las estrellas introducirse en sus frutas pomposas de agua y rojas como la sangre, pesadas, ocultas algunas entre las hojas, diseminadas las ramas con pequeñas flores blancas entre la maleza agreste, opacadas por la arena y el polvo de los vientos...

 Decidí que era necesario manejar más datos sobre lo que implicaba ser un bosque, con y sin lagos. Creí que hipnotizaba a las plantas para que se expandan, pero esto me dio gracia por ridículo y mediocre de mi parte...

 Volví a mi cueva, feliz como pocas veces, rebosante de energía más allá del cansancio de las corridas y macacadas que había hecho...

 Esa noche iba a soñar con bosques atiborrados de plantas, pero con espacios para ver estrellas y filtrar el ruido de las cascadas estrellándose en los lagos.

RV 2023    



 

viernes, 10 de febrero de 2023

 

2022 - Merodeadores / Capítulo 8º: "Bajo mis patas"

 Una noche de calor sofocante, inaudito para le fecha y presagiando una helada terrorífica para los próximos mese, deambulaba con cierta nostalgia de paisajes soñados, más nunca vistos. En el recorrido hacia el pequeño montecito donde estaba contenido todo mi alimento y futuro, elevé mi cabeza al cielo, olfateando con la inquietud de no reconocer ese olor extraño que me llegaba y desaparecía como un juego fantasmal que parecía irme arrastrando hacia una encrucijada.

 Hubo un momento en que el olor se hizo fuerte y penetrante, y cuando por algún torbellino de viento parecía disiparse, nuevamente aparecía acompañándome junto a la luna, pesada y blanca apareciendo y desapareciendo tras las dunas.

 Decidí sortear el pasaje al monte, y me fui desviando hacia la izquierda hasta atravesar una grosera duna oscura que sabía contenía en su interior rocas negras. Había estado allí hacía años, durante una noche tan calurosa como esta, y el desorientarme y perder completamente el rumbo, me obligó a merodear durante horas al borde de la muerte, bajo el sol implacable que se presentó rápidamente al amanecer... Finalmente encontré mi pequeña guarida fresca con los restos de las frutas más maduras que había dejado de lado por estar casi fermentadas: fueron mi salvación, y las bebí con la mayor de las gratitudes.

 Pero ahora era diferente, sin desconocer el peligro al que me podría enfrentar si se repitiese nuevamente el aterrador suceso de extraviarme, seguí aquel olor seco y mecánico, penetrante y violento como si se tratase del olor de otro mundo.

 A lo lejos pude percibir un pequeño punto oscuro, y detrás de él, colinas tenues... siguiendo una línea casi que perpendicular, divisé el monte. Debía tomar esta referencia para saber dónde me encontraba, y así moverme con disimulo hacia aquel punto que esparcía el olor forastero.

 Desde una piedra con forma esférica, a medio camino de una duna larga y sinuosa, pude ubicarme tan cerca de aquel individuo como para sacar todo tipo de información visual, sin ser visto ni siquiera con la mejor de las observaciones.

Cuando me posesioné cómodamente y con el mentón sobre la arena para hacer foco sin el menor movimiento, recordé las colinas que hacían de fondo, y me vinieron a la mente sus puntas dentadas y espantosamente desalineadas: se trataba de una cresta de rocas que también se expandían hacia atrás de ellas, y desde donde me encontraba era imposible verlas.

 Perdí el encanto de la búsqueda... ¿dije búsqueda? ¿Acaso estaba tras el posible camino a los valles y bosques soñados de los que ya estaba tan acostumbrado a saborear en cada pestañeo mental? No, no eran las formas de mi paisaje soñado; y la atención la fijé en la criatura de olor penetrante, silenciosa e inmóvil criatura...

 Era mucho más difícil de entender su morfología, más que cualquier otro personaje que me hubiese cruzado. Cada tanto parecía drenar o escupir un líquido negro por una inquietante abertura ubicada a la altura de lo que sería su entrepierna... Decidí acercarme, luego de pasar un buen rato deduciendo su postura para comprender que estaba parte de su cuerpo enterrado y pesadamente apostado en el suelo.

 Una vez a su lado, a escasos 5 metros de distancia, comprendí que aquel individuo podía ser una máquina, y que lo extraía del suelo, una suerte de aceite negro y muy viscoso, su función específica para lo que había sido creado...  pero me confundí.

-¡Fantástica noche! ¿No cree? -Dejó escapar con pasmosa soltura. Busqué su rostro y detuve mi mirada en lo que creí fuese su cabeza.

-¡Ya lo creo! (Respondí.)

Mi respuesta fue acorde a su aseveración, y pensé que la conversación tendría fluidez: me equivoqué de nuevo.

Dígame, caballero, ¿qué es lo que hace? (Pregunté directamente, pese a todas mis precauciones para no ser tan drásticamente torpe y alevoso en un diálogo.)

-Mire... -(hizo una pausa en la que intuí retraía parte de su cuerpo enterrado), -yo saco muestras de Aceite Milagroso, para lo que introduzco un inyector con una freza en su cabeza: de este modo perforo el desierto para luego succionar el aceite.

-¿Aceite Milagroso"? (pregunté asombrado). Ya se volvía una pesada carga intelectual el ignorar tantas cosas del desierto donde había nacido...

-Sí, el Aceite Milagroso. Es este mismo que ve chorreado por el suelo, y del que extraigo pequeñas muestras para analizar. Las recolecto de bastas extensiones por las que me desplazo durante cerca de ocho o nueve meses. El mejor y en mayores cantidades es al que luego se envía a un equipo de expertos para sustraerlo de abajo de la tierra. Yo llevo muestras y las coordenadas de su ubicación.

-Asombroso...

-Tan asombroso para usted, como tedioso para mí. -Respondió en el mismo instante en que ya se encontraba ligeramente parado sobre la arena. Luego agregó:

-Sepa disculparme, pero tengo para tres meses y diecisiete días, con todavía cuatrocientos trece perforaciones por realizar. Que tenga buen día.

 Rápidamente triplicó su altura, y de aquellas patas pesadas y groseramente macizas con las que se apoyaba sobre el suelo, surgieron otras muy delgadas pero igualmente metálicas. Comenzó una especie de ritual en el que sus movimientos, extremadamente lentos, articulaban una postura dinámica y que se contradecía con su rigurosa estática. Fue acelerando sus pasos hasta convertirlos en ágiles zancadas que lo alejaron de mí de forma vertiginosa.

 Entonces temí por ser tan poco precavido, y de haberse tratado de un depredador, me hubiese cazado en cuestión de segundos.

 Olfatee el aceite milagroso, y su extraño aroma y consistencia me causaron desagrado. Pensé en lo poco creíble que sería imaginar burbujas inmensas de este líquido viscoso bajo el desierto, su utilidad y su origen.

 Caminé con cierto impulso que con gracia me llevó al montecito de mi vida, de donde recojo mis frutas. Elegida la rama casi que por reflejo, comencé a arrastrarla con la cabeza de lado para no pisarla, y en el habitual procedimiento, me sentí con pocos fuerzas, cansado y con desgano...

 A medida que pasan los días en este desierto, criaturas desconocidas que están de paso me hablan de él, y yo descubro dónde creo que estoy parado. Esto me hace sentir cada vez más extraño y lejano a este paraje...

RV 2023