viernes, 22 de enero de 2016


Retractos # 03: “Sargento Mayor Bransem

 Motivado por el simple deseo de reprimir a sus conciudadanos en ejercicio de su meticulosa estupidez arrogante y banal, Juan Olivos Bransem se incorporó al ejército nacional a la edad de más-menos 17 años.
 Reservado, de andar cansino y mirada oscura como de quien mira desde un matorral o a fuerza de vivir entre el chilcal, Bransem se ajustó sin complejos a la vida de cuartel con la misma parcimonia del ganado que pasta en los extensos campos, y sobre los cuales las nubes y lluvias ejercen igual presión que días de fogoso sol y chicharras aturdidoras.
 En cuestión de diez años consiguió sus galones de sargento, tiempo computable en una escala de pendular somnolencia y tareas afanosas que poco importan y comparten con la vida del paisanaje, más allá de sus reivindicaciones de poder y derecho a todo lo que campea a la sombra o en extensión abierta.
 Hubo una represión desmedida y arbitraria como toda injerencia a la vida normal desde el mando torpe y grosero de la autoridad, durante una mañana nublada y hosca. Parecía el viento esconder los ademanes y persistente galope de la tropa represora que se presentó en aquella estancia y abrió fuego contra la peonada. Las órdenes partieron del mismo Sargento Bransem. Si bien su comandante le propinó senda putiada por la excesiva acción, que se manifestó además en los mismos patrones con atroz pavor y arrepentido pesar por el pedido de “orden y respeto a la propiedad privada”, el joven Sargento estaba ya destinado a ser ascendido, por alcahuete e inescrupuloso: combinación radiactiva que postula en jerarquía cualidades insoslayables.
 Botoneó, robó, defraudó y encubrió con inexpresiva condescendencia, como trámites burocráticos tangibles de mejora pero condicionantes de un proceder antiguo y ya implantado culturalmente.
 Pero fue durante un contrabando pesado, en la noche profunda de aljibe del Camino de las Musarañas que la áspera muerte pareció hacerse a un lado como si respetase a esa magna lacra entre sus súbditos carroñeros, pero que al barrer en el tiroteo se lo llevó entre sangre oscura y pasto seco pegado al sudor de jinetes muertos. Fue la luna que dejó al descubierto su rostro helado de orbitas negras donde parecía que de la boca había cuajado estática una cascada de tierra que le surgía por entre los dientes, y parecía la noche armada de relámpagos que depositaba en aquél desperdicio, inerte y segmentadamente impuesto en el paisaje.
 Así acabaron los días de atropello del Sargento Mayor Bransem, corrompidos de luz despiadada que no salva una sola virtud ni posa un manto apacible sobre los caminos que recorrió ni los cerros que visitó. Porque el milico Bransem, depositario de profundas huellas en la vida del cuartel y el destino de otras criaturas, debía perecer sí o sí aquella noche, más que en cualquier otra que fuese decorado preciso de sus tropelías. Porque aquella mañana, al cebar el mate y posar su pútrida mirada sobre la milicada joven, consideró oportuno un plan en el cual la tropa avanzaba y de improviso se topaba a la salida del monte con los contrabandistas, y en medio de aquella balacera los perdía a todos, y se hacía también de los bienes de los forajidos, con los que continuaría bajo la luna el camino donde colocar el tesoro, esgrimiendo argumentos creíbles a su comandante, y de no serlo tanto, contables en peso y silencio.

RV 2016   
   


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