martes, 22 de abril de 2014

Historias aberrantes - Capítulo #2: "El asesinato de Ludgüin".
 Sería una apología de la muerte considerar bien aventurada la fatalidad que se cernió sobre Ludgüin Morales Carrara y todos quienes lo conocíamos. Sería permitir un velo de tenebrosos conflictos en torno a su repentina muerte, los entretelones con consecuencias directas, y la totalidad de motivos que permitieron tal desenlace. Sin embargo, depositada ya la tierra sobre su cajón y pasados los días de sombrío luto, he de consentirme algunas apreciaciones que escapan a conclusiones mundanas y albergan secretos fétidos y terribles. No estuve presente cuando ocurrió, si bien mi ausencia era ignorada; encontré el cadáver segundos después de su muerte, aunque otros se anticiparon a mi hallazgo. Permitir que torpes conflictos emerjan como yuyos salvajes por entre las baldosas de un camino, no haría más que sepultar toda sospecha que en el fondo de cada uno de nosotros ha quedado, como una mariposa volando en la noche cerrada, de sobre quienes fueron los verdaderos culpables de esta historia aberrante.
 El 4 de mayo, como todos los años, después de recordado el desmoronamiento de la muralla este de la ciudad, y el posterior aniquilamiento de toda la población por el invasor, después del seco y opaco eco de las campanas de la catedral, a eso de las 1500 horas, Ludgüin Morales retornaba a su casa de la calle Keops 1322. Un hermoso día frío de apenas cinco grados  y sol luminoso envolvía a los tristes habitantes del lugar que aletargados consumían lagrimas de vuelta a sus casas. Entre ellos, Ludgüin.
-¿Cuál es el problema, acaso van a llorar todos los años por algo que ocurrió hace cuatro siglos?
-¡Andate para tu casa, y tené un poco de vergüenza! -Respondía un Guardia Civil al intransigente Oscar.
-Oscar, -agregó Ludgüin, atravesando la calle y yendo hacia la vereda opuesta a la del inreverente personaje, -vení con migo que en breve llegan aquellos. -El desaliñado muchacho se le acopló como un escudero, y ambos continuaron por la amplia vereda iluminada.
 Los seguí sin disimulo, esperando que el pequeño Ludgüin notara mi tranco de cebú y se girara para esperarme con una sonrisa. Esto no ocurrió. A medida que avanzábamos, entre carruajes y músicos de la banda municipal que disgregados volvían con sus familiares a sus hogares, tuve tiempo de alcanzarlos y quedar a unos pocos pasos de ellos, sintiendo el perfume achocolatado de la pipa de Ludgüin.
-¿Y no te pensás quedar en la colina? -Le preguntaba el hombre bajito casi ofendido.
-Me quedo, pero solo un par de días. -Respondió Oscar, siempre con el seño volteado hacia delante e ignorando la fuerte mirada del pequeño Ludgüin que se había fijado en su perfil, dtrás de los espesos lentes.
-No voy a estar más de dos días para ver como hacen otra cagada. -Volvió a balbucear el personaje alto y de traje gris.
-¿Otra cagada? ¿Y vos qué hacés para evitarlas, rajar? Le increpaba el enano al tiempo que yo me disponía a intervenir diciendo "él va a adobarlas". Pero repentinamente, por entre los coloreados papeles de un quiosco apareció Selly, la hermana del mismo Oscar, quien me anticipó diciendo mi nombre con suavidad femenina.
-Milton, poné 25 y salimos a dar una vuelta por el botánico. -La observé, estacado apenas sentí su voz, y dejé que el tiempo transcurra sin decir palabra, y admirando su extraño rostro que la hacía tan especial. Se refería a los 25 morlacos faltantes para conseguir "hierba fuerte", y al adiposo paseo entre ancianos y dementes del jardín botánico, la mayoría de ellos, seguramente intoxicados como nosotros. Vi a Oscar y a Ludgüin entrar en su casa, a media cuadra de distancia. Mientras sonreía y gozaba de la espera en la que la chica se encontraba, intercalé un par de veces sus separados ojos y diminuta boca de la esquina donde los hombres habían entrado. Un coche se detuvo frente a su puerta. Un hombre bajó veloz  y por la rudimentaria ventanilla trasera del automóvil se apreciaba otro de sombrero de hongo aguardar al volante. Observé los pequeños pechos de Selly que caprichosamente levantaban la camisa y confundí el brillo de su dentadura con el blanco intenso de la tela. Saqué la billetera y le di un billete violeta al tiempo que le dije que me esperara en la fuente del mamut. Partió rauda por el frío pasillo de la galería con el abrigo de piel casi desprendido hasta los hombros, como acompañándola a las corridas. Reanudé mi marcha hacia la casa de Ludgüin cuando de improviso el mismo tipo que había ingresado minutos antes salía corriendo y se metía dentro del auto beige. Llevaba algo grande y de forma similar a un jarrón, envuelto en un espeso género. El coche aplastó su trasero contra el suelo, y después de dejar una pequeña cortina de humo blanco, sentí el rugido de la acelerada y los reflejos del sol en su lateral derecho al tomar en diagonal por la calle transversal. Una mala maniobra y un mal presagio...
 Encontré la puerta de acceso cerrada, pero no trancada. Detuve mi mano frente al pestillo dorado dudando si entrar, pero también tenía ganas de fumar y sentir las carcajadas de Selly, su perfecta dentadura y ese particular gesto de tirar la cabeza hacia atrás en cada risa, dejando su fino cuello al desnudo, e invitándome de forma salvaje a morderlo como un vampiro. Me introduje de forma torpe apretando mi gabardina con la puerta. Se sentía con claridad la música llegar desde la sala central, luego un baso estallar contra el piso, una puerta cerrarse y la música continuar inmutable.
 Llegado a la sala, la sorpresa me cortó la respiración. Sentado como un aperiá dormido, estático y con la flojera del abandono, Ludgüin yacía inerte. Por el piso su baso fragmentado con leche de coco y salpicando de blancas perlas la superficie. El gramófono continuaba con la orquesta a tope, y en lo alto, sobre la pared, la puerta de la ventilación  extrañamente arrimada, haciendo suponer que se intentó cerrar pero no se pudo. Toqué el puño de mi pequeño amigo, invitándolo a despertar, luego no sentí su pulso y confirmé su deceso. Sin perder tiempo, con una mano elevé la tapa del ducto de ventilación, y haciendo pesar la sórdida impronta de un revolver, golpee en el marco del mismo, al tiempo que gritaba: "¡bajáte de ahí o meto bala p'adentro!" Al instante los brillosos ojos de Oscar surgieron de la oscuridad como los de una comadreja asustada.
-No disparés, Milton, soy yo... -Dijo serenamente.
-Dejame que te explique y vas a ver que está todo claro. -Continuó. Bajó con soltura desde el estrecho agujero y permaneció parado a un lado del aparato musical, casi arrecostado a la pared.
 "Apagalo", le ordené. Así lo hizo, y después, sin perder tiempo, comenzó a hablar.
-Mirá, se que es una macana lo que sucedió, pero el enano estaba hechando a perder todo. -Ambos miramos al pequeño Ludgüin, apoyado como un titere en el sillón. Si bien su postura era conmovedora, por otro lado era bien sabido que sus objeciones sorpresivas retrazaban cada proyecto, y enloquecían a la furia a varios de quienes integrábamos el grupo de trabajo. ¿De qué proyecto hablo, y a qué grupo me refiero? (Oscar continuó).
-No podemos dejar de lado el motor rotativo, implementar a esta altura uno lineal y fijo a la  célula que tanto tiempo nos llevó, sería como dar inicio a una nueva.
-¿Qué hay con la idea de adaptarlo? (Le pregunté, pues si bien mi tarea en el proyecto del "Ludgüin 12P" era meramente como sponsor y de financiación, también estaba al tanto de algunos detalles técnicos como al que acababa de aludir.
-Tendríamos que corregir enteramente la bancada, desestabilizaríamos el tren de aterrizaje y deberíamos decalar las alas. No hay tiempo ni ganas. El motor rotativo ya fue probado y su fiabilidad es total. -Oscar permaneció mirándome seriamente y sin notarlo, poco a poco fui bajando el arma.
-¿Quienes eran esos tipos?
-El que se llevó el pistón era mi primo, al otro no lo conozco.
-¿Qué hacemos con el enano? (Pregunté haciéndome cómplice del asesinato).
-Nada. Vamonos ahora. Mi coche está en la otra cuadra. Mañana venimos a "descubrirlo" y lo notificamos a la policía. -A esta altura Oscar ajustaba la puerta del ducto, con la manga del saco borraba algunas marcas dejadas por sus zapatos en la pared, y encendía nuevamenet el gramófono. Yo ya había ganado la puerta y al salir escuché nuevamente la obertura de aquel concierto con fantástica vitalidad, pero absolutamenete nula para su escucha.
 Eran las 1544 horas cuando salíamos rumbo a las Colinas del Patriarca y en el movimiento urbano, un tranvía enganchaba mi atención y en su cartel destinatario leía "Fuente del Mamut".
 "Pará, dejame acá", le ordené al delgado Oscar que en algún momento se llevó a la boca un cigarro y su braza se encendía con vehemencia.
 Estacionó de improviso ocasionando el enfado de otros conductores que por la ventanilla le hacían llegar insultos con voz de trueno. Me bajé y por instinto me acerqué a su flanco.
 ¿Con ese pistón estamos arreglados? (Pregunté metiendo las manos en los bolosillos y dando la espalda al tráfico dominguero).
-No te quepa la menor duda. -Me respondió secamente. Atravesé la calle adoquinada y recorrí la pequeña plazoleta diametralmente hacia la parada del tranvía.
 De improviso, y esto fue tan repentino que realmente me causó conmoción, antes de bajar a la calle el auto de Oscar se me atravesó violentamente. Observé su rostro serio y entendí, por más que apenas movió los labios por sostener el cigarrillo en la boca, el mensaje que me pasó en claras palabras:
-Cuidá a mi hermana. -Permaneció mirándome un instante y partió como exhalación. Asentí con la cabeza y permanecí, así, de pie y con las manos en los bolsillos, observando como zigzagueaba hasta desaparecer entre los demás vehículos. Permanecí de pie y con las manos en los bolsillos, temblando como una mariquita. En frente vi detenerse el tranvía, contemplé a la gente subir, y verlo ocultarse detrás de la jorobada avenida. Crucé la calle dispuesto a esperar al próximo aparato que me lleve hasta el Jardín Botánico, más tranquilo y menos tembloroso, pero dispuesto a consentir nuevos caprichos a la impredecible Selly, a sus extravagantes paseos y, por qué no decirlo, a sus pretenciones de fémina.


RV 2014.



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