lunes, 13 de mayo de 2019


Los viajes de Pingusio, Capítulo #08: "Metamorfosis"

 Una vez disminuida la cota, alcanzó Pingusio a reconocer aquella extraña silueta que se recortaba oscura y nítida  contra el fondo claro del desierto. Se trataba de una ave, una ave enorme y que se trasladaba caminando. A medida que su acercamiento ponía en evidencia detalles, también descubrió que la naturaleza de aquel individuo estaba enormemente emparentada con la de él, se trataba de un pájaro de metal.
 Por un momento se contuvo a unos cincuenta metros de distancia, volando a sus flancos y sin movimientos bruscos que pudiesen alterar la parsimonia de aquel pesado viajero. Estando a tan poca distancia, comprendió que difícilmente aquel bicharraco alzase vuelo, y que aquellas alas plegadas que parecían el casco de un barco, eran, si por alguno de los casos, un decorado o cubiertas protectoras, nada más.
 Transcurrida más de una hora, Pingusio disminuyó la distancia y se acercó a tal punto que comenzó a rozar con sus alas el extremo de las del inmenso pájaro, replegadas y en popa. Entonces se posó. Permaneció allí expectante, en la punta extrema del ave, por si en algún repentino ataque arremetiera contra él, y desde allí, impulsándose hacia atrás, evitar la embestida. Caminó por el enorme fuselaje de aquella bestia metálica, y se mantuvo a un costado de su cabeza. Siempre en alerta máxima, Pingusio se percató de que sentía algo que podría corresponderse con lo que se definía como "miedo". Lo grabó en su memoria.
 El enorme animal, a un tranco de enormes zancadas  relativamente lentas, avanzaba por el desierto dejando atrás todo tipo de curiosidades que hubiesen sido motivo de distracción para Pingusio.
 -Hola. -Dijo secamente Pingusio. No hubo respuesta. No se desmotivó, porque en varias ocasiones le sucedió encontrar personajes que entablaban conversaciones después de un largo y persistente estímulo.
-Me llamo Pingusio y soy de metal... como usted. -Hasta aquí, lo más atinado que podía ofrecer Pingusio, después de estas aseveraciones, sólo podía adentrarse en preguntas y ya sería más difícil obtener una respuesta, pues no dejaban de ser extraños que no habían intercambiado una palabra.
-Me pregunto si...
-La temperatura ha aumentado y el riesgo de incendio se vuelve probable. Ya activé el sistema de enfriamiento, ya está fuera de peligro cualquier sistema y su funcionamiento sin alerta. -Fueron las palabras que dejó escapar el armatoste metálico. No se le había movido el pico y la voz parecía surgir desde los costados, como si se emitiesen desde los ojos, entendió Pingusio. Ahora no sabía que decir, pero cuando elaboró una respuesta, el pajarraco continuó hablando.
-Aldeas como la de Euskoquímbo son muy comunes por estas latitudes, no así el calor formidable que envuelve el paraje.
-Este calor es excesivo. -Argumentó Pingusio. Pasados unos largos minutos, la bestia de hierro respondió "sí".
-Sí. -Dejó escapar nuevamente. Pingusio se acercó más a su cuello y se entusiasmó con un fluido diálogo.
-Yo tengo un sistema bastante simple, por no decir rudimentario, que detecta recalentamientos en cualquiera de mis sistemas y automáticamente los refrigera o, en el peor de los casos, detiene.
-Sí.
-¿Usted se...
-Sí. -La interrupción confundió a Pingusio y optó por continuar el diálogo por otro lado. Pero no pasaron segundos que el pajarraco nuevamente afirmó con igual tono: "sí".
 Pingusio dudó, pero las dudas se disiparon cuando aquel personaje comenzó a hablar nuevamente.
-Sí, casi en la intersección del bastidor, desde el extremo Este a unos 244 kilómetros. Se acentúa la pigmentación oscura en la arena y son más esporádicos los arbustos de Marva. -Continuó el viajero.
 A este punto, a Pingusio le fue fácil entender que no le escuchaba, y que entablaba una conversación con otro individuo que no era él. Opto por la observación y deambuló por sobre el armatoste que continuaba con su tranco de topadora impotente. Sobre su cabeza, a una temperatura por demás elevada, Pingusio escribió su nombre con el pico que accionó como una fresa de trazos perfectos: "PINGUSIO". Luego bajó al cuerpo y caminó hasta la popa. El enorme pajarraco dejó escapar más "sí", con algún dato más, pero para Pingusio eran absolutamente desestimables. Observó el paisaje desde esa ubicación y le pareció una experiencia fabulosa el avanzar tan rápido pero en sentido opuesto, no viendo aquello a lo que se acercaba, sino descubriendo lo que dejaba atrás. Pensó en los viajes que algunos individuos hacían bajo iguales circunstancias, y los encontró sorprendentemente divertidos, todo lo opuesto a lo que hasta el momento había experimentado.
 Su impulso le obligaba a apreciar el paisaje viendo siempre lo que sería motivo de acercamiento, y el foco en los detalles, lo pondría en motivos de atención que durante un lapsus de tiempo le sedujera, una vez más cerca, y desde un ángulo diferente a cuando le descubrió. De este modo, viajando de espaldas, veía lo que difícilmente hubiese visto volando de forma progresiva como lo hacía siempre, y se perdería detalles también que esa inclinación le otorgaran.
 Así estuvo un buen rato, feliz y apasionado con cada descubrimiento, por más que se le volvía triste el paisaje al alejarse de él. Comenzaba a oscurecer, y Pingusio decidió emprender el vuelo, buscar una piedra alta, y posarse sobre ella para reposar como hacía en cada jornada de vuelo.
 ¡Entonces sobrevino el susto, la sorpresa y el desconcierto! Cuando Pingusio se volteó para emprender el vuelo, se encontró con una escena sorprendentemente aterradora: el pajarraco de hierro había girado la cabeza noventa grados, y había quedado con su ojo apuntándole directamente. A esto se sumaba que abrió espantosamente el pico y lo apuntó hacia el cielo, de forma tan forzada que se desfiguraba completamente y ya no parecía ni por asomo lo que era al encontrarlo... y darle la espalda. Pingusio saltó hacia un costado y no voló a lo largo del cuerpo de aquella enorme ave misteriosa, pero en su vuelo a la misma altura, observó que desde el cuello, donde un enorme anillo hacía de junta de la cabeza con el cuerpo, brotaba un líquido viscoso que parecía aceite, y que pudo identificar entre las huellas del monstruo al observar el terreno desde popa.
 Se alejó desde estribor y lo dejó a lo lejos. Ahora su cabeza parecía una línea coronada por un pincho, la maxila superior puesta perpendicular al suelo. El susto lo acompañó hasta que se posó sobre una piedra no muy alta, y a la que se aferró con cierta torpeza que le obligó a acomodarse en más de una ocasión. Todo había sido repentino y no salía de su pasmoso asombro...
 Pingusio se estremecía de miedo pensando en aquella postura aberrante del armatoste metálico, toda su proyección en el tiempo, el silencio o sonido casi imperceptibles que acompañaron la transformación siniestra. Y lo peor de todo, siempre Pingusio de espaldas, ajeno completamente a la metamorfosis del gigante metálico, sin sospechar nada ni sentir nada...
 Ahora Pingusio se acomodaba sobre la piedra, no lograba aferrarse del todo a la base, el temor lo hacía temer sobre qué estaba apoyado, y también, porque no podía sospecharlo ni quería saberlo, cual había sido el motivo de aquella postura tan dramática que le acompañaría como una de sus peores pesadillas.

RV 2019

  




domingo, 23 de diciembre de 2018


Los viajes de Pingusio, capítulo # 07: "No todo lo que brilla..."

-Y si me encuentro acá, en este preciso momento, se debe a una cuestión de coordenadas, solo por eso.
 Pingusio no hacía más que escuchar atentamente al  marino que desde la altura divisó y bajó a conocer. En realidad hacía más de dos horas que aquel extraño hombre le hablaba sin parar, apenas Pingusio tuvo tiempo de saludar y presentarse.
-Y cuando las corrientes antárticas choquen de lleno con aquellas tropicales, entonces no tendrán lugar por donde correr y este desierto será inundado de forma violenta y demoledora.
 El señor hizo una pausa, un poco larga, bajó la mirada y se frotó la barba como desanudando las frases que debía largar y allí se encontraban enredadas. Suspiró como recordando algo y entre los bigotes se deducía una sonrisa.
-Hubo una época en que, con mi socio, pescábamos muy al norte del Pacífico. No le doy coordenadas porque a mí nadie me asegura que usted no sea un inspector naval y me aprese o multe por pesca indebida, ¿me entiende? -Pingusio parpadeó. El tipo continuó.
-A pesar de tormentas atroces y envestidas brutales del mar, a la deriva, espantosamente diezmados y al borde del naufragio, dimos con una pequeña isla que jamás localizamos en ningún mapa. En realidad, despertamos encallados en su costa pedregosa y calma, muy calma... diría que demasiado calma... -Estiró las palabras hasta dejar la cabeza inclinada hacia atrás, mostrando la campanilla a través de su boca abierta. Pingusio rescató el dato de "un tubo oscuro con un freno o rejilla que funcionaría como resumidero o alcantarilla en un desagüe, así es la gente por adentro desde ese lugar".
-Bajamos, mi  Remington nos guiaba con su hocico largo y pulido, por el que despide fuego cual dragón... ¡Ja, ja!  -Pingusio no entendía nada, y no sabía si "Remington" era su amigo, o un tercer tripulante. Pero esto se aclaró.
-Esteban estaba mal herido y rengueaba, pero del terror vivido durante la tempestad de aquella noche, prefirió bajar a tierra y acompañarme unos metros, no estaba dispuesto a permanecer un minuto más sobre el bote. La isla era demasiado pequeña, casi circular, y no superaba los cien metros de diámetro. Pero  lo verdaderamente alarmante era su altura: peñascos rocosos que fácilmente superarían los sesenta o setenta metros de altura, cubiertos de exuberante vegetación y acantilados de vértigo por los que era imposible trepar.
-"Cholo, es un volcán", -me gritó Esteban desde la orilla. Cuando me di vuelta para insultarlo por su estúpido descubrimiento, lo vi arrodillado, estático y con el rostro blanco cual fantasma. Observé en la dirección en la que el miraba hipnotizado, no veía nada. Al rato de escudriñar entra barrancos y planos de piedra salpicados de helechos, vi a lo que Esteban no dejaba de quitarle la vista. Yo también permanecí inmóvil y apoyé la culata del rifle contra la arena, como para apuntalarme del susto.
 Ahora Pingusio estaba tan impresionado por aquella narración, que parecía un accesorio de la verga a la que estaba aferrado.
-Hice foco, -el hombre se tanteo torpemente el pecho como si buscase los binoculares, luego se los llevó imaginariamente a los ojos.
-¡Que me parta un rayo! ¡Corré, flaco, hay que empujar el velero y ponerlo de proa al mar!
 Pingusio comenzó a agitarse de los nervios, y parecía una bomba de agua a la que se le daba leva de forma descontrolada, pues subía y bajaba la cabeza de manera constante, ocasionando igual movimiento con la cola.
-¡Corré, la gran puta! -El tipo se inclinó hacia atrás, dejó escapar una carcajada grosera y se vio la alcantarilla del resumidero a plena luz, -¡ja, ja, ja! -Pingusio no hacía más que agitarse desesperadamente.
-A los treinta o cuarenta metros de altura, un tigre blanco de un tamaño descomunal, que al lado de algunas palmeras parecía un hipopótamo, nos miraba tan fijo y duro que parecía una escultura de arena. Pero arrancó barranca abajo envistiendo el follaje y haciéndose paso entre la maleza como si fuese una enorme roca en caída. El flaco había torcido al "Kalmos" y estaba algo escorado porque la quilla tocaba fondo. Me puse el arma al hombro y empujé como un remolcador. Cuando subía por la popa, el monstruo ese ya era un relámpago por la arena en dirección nuestra. Esteban accionó el arranque y después de un par de intentos se puso el motor en marcha arrastrando arena entre turbulencias, aceleradas y bramidos desde la chimenea. Le apunté en varias ocasiones, y cuando ganábamos velocidad, la bestia estaba a escasos diez metros, levantando oleaje y espuma que parecía una ballena, y enceguecida de furia. El flaco me tomo por el brazo y me hizo bajar el arma, "dejá, ya no nos alcanza". En efecto, nos alejábamos trepando olas y viéndolo desparecer y aparecer entre las aguas agitadas. Transcurrió más de media hora, y si bien estábamos ya a una distancia más que segura, se apreciaba el esfuerzo de aquel animal imponente desafiando al océano para darnos captura.
 Pingusio escuchó toda la narración con euforia y, a pesar del miedo que aún lo atormentaba, ya no le poseía haciéndole hamacar de forma demencial. Comprendió y reafirmó el privilegio de las alas, lo que, sin duda, le hacía una criatura más evolucionada que cualquiera de aquellas que no las tenía, y más aún sobre ese tigre que ni aletas para impulsarse en el agua mediante un vuelo acuático poseía.
-Navegamos millas y millas y sobre el puente, en las noches, fumábamos pipa y bebíamos recordando el percance, y por momentos, por la borrachera, estremeciéndonos con algún reflejo de la luna en el agua que nos plantaba al fiero félido en su portentosa embestida. No volvimos a hablar del tema, Esteban se bajó en un puerto de la costa Californiana y yo seguí rumbo solo, hasta que una noche, al despertarme absolutamente mamado, me encontré acá, con calma chicha y sin agua.

Pingusio dio una veloz mirada al rededor, constatando el paisaje árido y desolado, en el que ni miras de que se vea agua ni en una lluvia esporádica y perdida.
 El Cholo le dio la espalda, se giró y hurgó en el horizonte haciéndose sombra con la mano sobre la visera del gorro. Parecía morder la pipa que ahora notó Pingusio había tenido a un lado del cuerpo, en la mano que no protagonizó la búsqueda del larga vista.
-Y sí... -Dijo llevándose los brazos a la cintura y así, cual ánfora permaneció mirando quizá más allá de las colinas rocosas y rojizas de la lejanía.
 Pingusio dijo "Chau", pero el tipo ni se inmutó, así que a los pocos minutos, estaba volando en dirección al paisaje al que el marinero daba la espalda.
 Recordó una vieja historia, la del "Tigre tesorero", un felino que guardaba un misterioso tesoro en una isla y que asesinaba a todo intruso que se atrevía a bajar en ella. Le pareció que se ajustaba a lo narrado por El Cholo, pero algo no le llegaba a convencer, y voló un largo, muy largo rato pensando en aquella vivencia. Transitó la noche en vuelo, y unas horas antes del amanecer, que acostumbraba a recibir sobre una roca alta, la más alta que encontrase, meditó posado sobre un enorme peñasco, con un leve resplandor anaranjado que se adivinaba del sol.
 Entonces concluyó: no hubo tempestad, no tuvieron contacto con ninguna isla; ese tipo, si es marinero, no puede ignorar la historia del Tigre tesorero; nunca navegó, no conoce el mar ni las corrientes.
 Se sintió distendido y tan aplacible que al instante se durmió, pero en ese lapso de tiempo en que la realidad se contamina de fantasía, se entreveran sensaciones de imposible relación, tuvo un último pensamiento representado en una imagen, quizá escena:  él, Pingusio, dentro de un cofre, cual tesoro o trofeo; el marinero, cual comerciante, con ábaco y monedas al cinto, sonriente y semi dormido por la mamúa; el tigre, un camello sobre el que se balancean de camino hacia un mercado en alguna parte del extenso desierto.

RV 2018




domingo, 25 de noviembre de 2018


Los Viajes de Pingusio, Capítulo #06: "Protección"

 El vuelo rapaz de aquella enorme ave fue detectado por Pingusio, y en su trayectoria casi circular, evidenciaba un centro de importancia al que el pajarraco sobrevolaba insistentemente. Se posaba allí durante un rato, luego, como buscando algo, emprendía nuevamente el vuelo alejándose durante escasos minutos del montículo sobre el que se posaba.
Pingusio se dirigió allí y rápidamente fue avistado por el pájaro negro, quien volvió a estacionarse sobre su base, sin quitarle la vista de encima, la cual era verdaderamente formidable, ya que había divisado al pequeño Pingusio apenas este tomo dirección hacia su morada.
Pingusio se posó sobre una señalización que nada expresaba, a canto de una construcción derruida, y de frente al enorme pájaro que le sonreía con evidente satisfacción.
 El ave negra inmediatamente recibió a Pingusio cortésmente, dando a entender la felicidad que le ocasionaba su presencia:
-Seas bienvenido, pájaro esmaltado. -Permaneció sonriente y al mismo tiempo, parecía expectante. Pero no pudo Pingusio modular palabra que el pájaro negro continuó:
-Óspinides es mi nombre, y expreso mi felicidad ante vuestra presencia. Te he visto bajar en vuelo dinámico y controlado, y no dudo ignores sobre lo que estoy posado.
Para Pingusio ya era sorprendente que le hubiese llamado "pájaro esmaltado", que le detectase en vuelo hacia él estando a una altura considerable, y que intuyera su curiosidad sobre el escenario. Entonces Pingusio detectó objetos metálicos dentro del pequeño templo, amontonados con cierta lógica, no desparramados, y también se dio cuenta de que estaban constituidos por igual materia que aquellos contenidos dentro del cofre sobre el que el que el mismo Óspinides estaba apoyado.
-Pingusio, explorador. -Respondió secamente. Notó en la pausa del gran pájaro un titubeo que seguramente fuese desconcierto, porque "explorador", es sinónimo de "observador", y ahora su postura inquisidora estaría bajo la meticulosa atención de su recién llegado interlocutor.
-Estimado Pingusio, me alegra que no seas una simple ave migrante, desposeída de apreciaciones profundas y acotaciones enriquecedoras. Sé en lo que piensas, y me satisface premiar a los pensamientos sofisticados.
Pingusio permaneció en silencio. "¿Sofisticados?", -pensó,  "¿qué es eso?" Durante el vuelo de más de trece horas que lo distanciaba con el agitador incongruente, por su cabeza habían pasado varios pensamientos, la mayoría contaminados por lo visto desde su partida, por sueños confusos, y por el arte de recordar, simplemente. Había pensado en una locomotora enterrada hasta la mitad de la caldera (a la que detectó bajo la arena como una 4+6+4, sin tender); un arbusto que desde la altura parecía una mano extendida; recordó la espuma de una cascada que cerca de su pueblo se estrellaba contra las rocas haciendo un efecto de humo que daba a entender, confusamente, que aquello se estaba quemando; la conexión entre los afluentes de un río y los espacios en blanco que se trazan en una hoja de texto, cuando casualmente las palabras se alinean dejando estas callejuelas vacías; pensó en el color de los pétalos y el de los colores de las escamas de los peces, y se ofuscó por desconocer la diferencia entre ellos, y dudando de que flor y pez sean lo mismo... Pero cuando estos pensamientos se ordenaban, Óspidides le habló:
-Pensaste en el ciclo de los hielos, sus caprichosas formas y el reflejo de la luz en sus caras; pensaste en la capacidad de un cachalote para nadar y el de un buque maniobrando en alta mar; -hizo una pausa, movió la cabeza velozmente hacia arriba, como los pelícanos cuando tragan su presa, y continuó, -te preguntaste en más de una ocasión cómo es posible que existan tantas configuraciones distintas entre los aviones, y sea siempre la misma entre las aves...
Pingusio  pestañeó y esto quedó como una afirmación. No había pensado en nada de aquello que el pájaro negro decía, o si de algún modo lo había hecho, no fue durante este viaje.
Óspidides bajó del cofre, levantó la tapa con candado y abertura incluidas (lo que dejaba más que claro que no funcionaban), introdujo su pico dentro y extrajo una moneda dorada, casi cobriza de su interior. Bajó la tapa con el ala misma que la había sostenido, y lentamente se acercó a Pingusio. De forma muy delicada y apacible, estiró el cuello y ofreció la moneda a Pingusio. Pingusio la tomó luego de obserbarla un instante desde el sesgado ángulo que su propio pico le proporcionaba. La dejó caer al piso, antes de que se disipara la nubecita de polvo que levantó la moneda al impactar en la arena, ya se había precipitado al suelo para contemplarla. Dio un par de pasos logrando que su ubicación de mejor perspectiva a la figura contenída en el círculo. Era una niña de perfil, delgada y con una colita alta. Su cuello fino se apoyaba en los hombros pequeños que cerraban elegantemente la imagen contra el borde recorrido por letras desconocidas. Si bien la belleza y armonía que solo las proporciones femeninas pueden ofrecer, en cualquiera de sus detalles, le resultó clara, le costó comprender que el pelo era pelo, y la lectura inquietante surgía de su representación metálica, en la materia, lo que le confundía con escamas. La tomó con la punta del pico, hizo igual movimiento que el pájaro anfitrión había hecho minutos atrás, y la moneda dio un salto y fue a parar al estomago de Pingusio. Cuando se volteó a mirar a Óspidides, este reía en silencio, quizá enternecido con el pequeño pájaro, quizá embriagado por su propio genio capaz de comprender la naturaleza de un pichón viajero.
 Pingusio agradeció cuando el pajarraco introducía la cabeza dentro del templo arruinado que se encontraba allí, cerca de ellos, sacando otro objeto metálico parecido a un viejo reloj, de similar tamaño a la moneda, al que introdujo de un santiamén en el cofre.
Ni bien Óspidides se paró sobre el deteriorado baúl, Pingusio nuevamente dijo "gracias", desde abajo, viendo en perspectiva al pajarraco que le respondía con una cálida sonrisa.
 Entonces Pingusio se inclinó ligeramente para dispararse hacia el cielo y continuar su travesía, conmovido por las palabras poco acertadas de aquel personaje sobre sus pensamientos y recuerdos, y por su generoso regalo, cuando escuchó claramente lo que le dijo Óspidides al alzar el vuelo, y que quedaría marcado para siempre en su memoria: "Pingusio, las flores, los peces y las aves no son lo mismo, aunque recubran sus cuerpos del sol y la lluvia".

RV 2018


   

lunes, 19 de noviembre de 2018


Los Viajes de Pingusio, Capítulo # 05: "Señales"

     Apenas percibió aquel extraño movimiento que parecía un centelleo en la planicie inmensa del desierto, Pingusio se demoró algunos segundos y cambió su curso en dirección a él.
  A medida que se acercaba la escena le fue pareciendo más confusa, y es que quien resplandecía entre rocas y arena, parecía querer llamar la atención a toda costa. Pingusio revoloteó en su entorno a una altura que le permitía observarlo  enteramente, y pasando desapercibido para el extraño agitador.
Entendió que algo buscaba y se detuvo en el aire a la altura de su rostro, para que le viese y entonces entender si aquellas gesticulaciones podían acompañarse de alguna explicación. El individuo, sin dejar de agitar los brazos, se mantuvo en suspenso, sin decir palabra, pero detuvo su marcha. Pingusio se vio reflejado en sus diminutos ojos, y notó que intentaba hacer foco en su cuerpito brillante y aleteante.
 Esperó unos minutos, cerca de veinte o treinta, esperaba alguna pregunta o, en el mejor de los casos, un breve discurso que le diera a entender aquella parafernalia exaltada. No emitió palabra alguna, el agitador desértico, así que fue Pingusio que comenzó la prosa:
-¡Buen día! ¿Por casualidad usted requiere auxilio por señas o simplemente es de sacudir los brazos a raíz de motivos aleatorios?
Inmutable, aquel extraño personaje se mantuvo en igual actitud. Pensó Pingusio en reanudar su marcha, pero la curiosidad le acompañaría sin cansancio y también se le acoplaría a la hora del descanso y la siesta, y sabiendo que es un pésimo compañero, prefirió intentar alguna otra cosa para dejarla allí.
-Usted, ¿me llama, me invita o sugiere algo? -A lo que agregó: -Pingusio es mi nombre y estoy de pasada, casi yéndome y en eso de irme consultándole por su actitud...
 No recibió respuesta.  Aquel tipo hacía extrañas cosas con los ojos que le daban a entender a Pingusio que también él lo estaba examinando. El zumbido de los penachos que tenía en las extremidades se volvía por momentos aturdidor, en una frecuencia muy baja pero que molestaba horriblemente. Por detrás de aquella criatura se distinguía una huella profunda y bastante recta que delataba su trayectoria, casi en paralelo a una zanja por donde se intuía en su profundidad oscura la humedad en las paredes producto de alguna corriente de agua.
 De repente el tipo retomó la marcha y Pingusio no esperó a que se le acerque para hacerse a un lado y quedar lo suficientemente alejado del recorrido de sus brazos que comenzaban con mayor fuerza a sacudirse. A una distancia de unos cuarenta metros, el agitador comenzó a emitir extraños sonidos que luego tomaron forma de palabras, aunque en un idioma incongruente.
-Milybeh, sent-ha, sent-ha. ¡Moykdo mílbez, mílibez, mílibez! Sent-ha...
Así se alejó, y si bien Pingusio en un primer momento creyó oportuno dedicarle un tiempo más volando a su flanco para ver si descifraba algún mensaje de sus palabras, poco a poco se fue frenando, y retomó su rumbo casi como una flecha, disgustado por no haber sacado conclusión alguna y sabiéndose intrigado por mucho tiempo...

RV 2018