"Memorias de un
asno audaz."
Colección PUZZLETRAZOS 2023 / 2024
Capítulo Nº 4: "Un hombre, un niño, dos perros y un
naufragio."
Tras las huellas oscuras que surcaban la
arena, las palabras de la conversación entre Joaquín y su padre, flotaban sobre
la espuma de las olas que estallaban en la costa. El ruido tapaba el graznar de
las aves y se mezclaba con el viento, y a intervalos se esparcían con el
zumbido del agua al retirarse de la orilla.
-¿Qué fue de la gente
que venía en estos barcos, o lo que queda de ellos por la costa? -Preguntó
Joaquín. Sobre parte del agua,
sobresalían trozos de antiguos naufragios que aun persistían al tiempo, e
incluso se habían transformado en puntos de referencia para los pobladores.
-Bueno, quienes lograron salvarse del naufragio, o se
quedaron a vivir por estas latitudes, o buscaron la forma de volver a su
tierra... -Respondió con tono triste su padre.
-¿Como la abuela?
-Sí, como la abuela...
Los perros corrían y
comenzaron a ladrar sobre un punto en la lejanía, delante de ellos, como si
hubiesen encontrado algo inesperado.
-La abuela nunca pudo volver... -Comentó el niño.
Era cierto, y también
lo era el hecho de que en vano esperó la ocasión para volverse a su pueblo con
la gente que conocía desde niña. Ella había acompañado a su padre en un viaje
que tan solo duraría tres meses, donde instalaría una máquina para una empresa
con muchos años, pero que se
modernizaría con la nueva tecnología. Veinte días de travesía y cuarenta de
trabajo, luego, el retorno casi inmediato a su país. Pero todo fue diferente
desde el momento en que se oscureció repentinamente el cielo de aquella mañana,
estando a pocas millas de la costa; el mar se agitó y las olas en complicidad
del viento se tornaron desproporcionadamente brutales, arrastrando a la goleta
en la que viajaban a estrellarse contra las piedras de un acantilado. Ella,
Alba, se salvó de milagro, aferrada a un baúl; su padre apareció tres días
después, enredado entre las algas y restos de madera del accidente, en una
orilla plana y prácticamente recta. Luego conoció a su pareja, vinieron los
hijos y la familia desintegró el mosaico meticulosamente armado por ella donde
volvía con todos ellos a su pueblo.
Llegados al punto
donde los perros ladraban, el hombre con el niño no encontraron nada más que
trazas de agua en un pozo, y marcas elocuentes de que alguna criatura se había
arrastrado hasta ganar el mar, sumergirse, y probablemente adentrarse en el
agua fría de aquel océano infernal.
-Ya se ha ido. -Una voz fuerte y de extrañas vibraciones
vino desde atrás, les sobresaltó de improviso, y al girarse con cautela
descubrieron una enorme ave que estaba parada frente a ellos. El asombro les
impulsó a abrazarse fuertemente, mientras el padre de Joaquín, Pablo, lo
empujaba lentamente para atrás como intentando resguardarlo. Los perros apenas
se movían sobre sí mismos, apuntando la cabeza en una y otra dirección
inquietamente y acongojados en un sollozo casi imperceptible. Permanecieron
frente a la criatura desproporcionada e inexpresiva, tan estática que solo las plumas movidas por
el viento, y su enorme ojo con el que los miraba, brilloso y rojizo, delataban
un atisbo de vida.
-Se fueron, -continuó, -las tortugas son pobladores
frecuentes de este estuario, desde hace mucho tiempo viven aquí, luego se
van... vuelven...
-¿Cómo? -Dejó escapar el niño. Su padre lo aferró con fuerza
al sentirle, tan absorto por la sorpresa que apenas le sacaba los ojos de
encima al pájaro gigante.
-Vuelven... se van... regresan... Esto forma parte de un
ciclo natural y por momentos algo monótono, para quién lo ve como un
espectador, claro.
-Y vos... nunca te vimos por esta playa, ¿de dónde venís...
porqué sos tan grande? -Volvió a preguntar Joaquín, con tanta curiosidad que el
miedo se le había quedado atrás, como un segundo espectador sumiso e impávido.
-Siempre estuve aquí, desde hace tiempo como al que ustedes
llaman siglos. -Pablo estaba estático sin dejar de apretar a su hijo contra él,
como si una ola se lo quisiera llevar a las entrañas del mar oscuro. Los
perros, poco a poco se estiraban para olfatear con mayor certeza al pajarraco
parlante.
-No me ven porque mi vuelo es extremadamente rápido en
proporción a sus movimientos; un aleteo mío, simplemente representaría más de
una década de vida de ustedes...
-¿Pero cómo? -Dijo Pablo, más que preguntando, demandando
una explicación que se cernía trágica en un panorama de esas proporciones.
-Estas aguas... -Dejó escapar el ave, y de inmediato en el
reflejo de su retina asomó una mancha oscura e imprecisa, en movimiento tosco y
segmentado. Entonces el pájaro miró por sobre los hombres y los perros, y se
enfocó en el mar, tras ellos pero no muy distante de la orilla. Pablo y su hijo
se voltearon lentamente, como si volviesen de un amargo transe que inició de
igual modo, tornándose hacia lo desconocido y atormentador.
¡Y allí la vieron,
allí estaba! Una hermosa goleta fuertemente escorada y sacudida por las olas,
herida por la tormenta y descompuesta por la tempestad que unas horas antes la
había arrastrado a la orilla, entre piedras musgosas y astillas de madera.
-Esta es la "Doña Matilda", naufragó hace décadas,
a veces vuelve, como tantas otras naves. Buscan a sus ocupantes, permanecen un
tiempo en la costa y luego se adentran en el océano sin rumbo cierto, porque no
se atreven a volver a su lugar de origen vacías, sin la voz de la gente y sin
tesoros, por más simples y humildes que estos sean.
-Doña Matilda... -Apenas pronunció Pablo, pasmosamente
desfigurado por el asombro de aquella escena... -En esta nave vino mi abuela...
¿por qué no la esperó si ella quería irse de vuelta?
El pajarraco comenzó
a marchar suavemente sobre la orilla, a zancadas lentas pero imponentes. El
hombre soltó a su hijo y en una corrida buscó la mirada del ave, para volver a
increparle lo mismo.
-¿Por qué no esperó a mi abuela si ella se quería ir de aquí
y volver a su pueblo?
El ave se detuvo y permaneció mirándoles un rato. En el
reflejo de su ojo no era posible entender sobre quienes hacía foco en
particular, eran una escena basta, con paisaje de mar y colinas, animales,
cielo y viento...
Se fue en pasos
lentos pero abrumadoramente grandes, que de inmediato lo ubicó a cientos de
metros de ellos, pasando una ladera sinuosa que moría en la costa, detrás de
rocas puntiagudas y negras, desapareció dejando al cielo pesadamente apoyado
sobre el horizonte brumoso.
Ni pablo, ni su hijo
Joaquín, ni los perros desviaron su curso. Continuaron la caminata que cada
tanto encontraba una fuerte pisada que el gran pájaro había dejado en su paseo,
que no iba en línea recta, porque describía un zigzagueo evidente al
contemplarse a medida que ellos avanzaban.
La goleta había
desaparecido mar adentro, y el hombre, el niño y los perros estaban lejos de
allí cuando se perdió en el majestuoso manto de agua que se unía al firmamento relampagueante.
Nunca se volvieron
atrás para contemplar su partida y desaparición, porque ya se había ido hace
mucho tiempo.
RV 2026