lunes, 17 de octubre de 2022

 

2022 - Merodeadores / Capítulo 5º: "Volar"

 

 Ni bien amainó la tormenta que durante tres días de intensas lluvias peinó el desierto, me decidí a descansar. Una vez retirada la cantidad de arena que obstruía la salida de mi cueva, permanecí con el  rostro y patas delanteras expuestas al sol, como si se tratase de dar señales de vida al astro y sin descuidar cualquier detalle que diese a entender que no fuesen las tormentas motivo de desgracia.

 Luego me moví con total soltura e inicié la primera parte de la limpieza que pretendía dejar libre la entrada para que corriese el aire y se secase el agua empantanada en uno de los tramos de la galería. Por lo demás, estaba todo en perfecto estado, aunque cabe señalar que en las paredes notaba cierta capa de arena, muy fina, pero arena al fin.

 Pero el sol empezaba a calentar con violencia y era a ojos vista un espectáculo el ver como evaporaba el agua y volvía a su color blanquecino las dunas inmensas y planicies donde oscuras piedras permanecían impávidas y más limpias que nunca. Entonces creí oportuno ir por mis frutas, antes de que la temperatura queme a cualquier criatura que ose desplazarse por la inmensidad desértica. Esto para mí era una oportunidad de moverme sin el temor de ser atacado ya que nadie se arriesgaría a salir de caza merodeando bajo un sol tan feroz, únicamente que tuviese bien definido su objetivo, y el mío era ir por frutos a escasas decenas de metros...

 Me moví con rapidez y en mi tranco ligero imaginaba los ramos de frutas opacados por el agua seca, y las perlas de agua entre ellos y donde no pegaba el sol reciamente. Fue entonces que divisé una extraña criatura surcando el cielo, tan extraña que en ningún momento tomé por ave rapaz, y en la rigidez de su postura al volar, mi hizo pensar en un objeto suspendido por alguna suerte de torbellino o viento fuerte. M e detuve. Lo vi quedar suspendido durante un minuto, y luego retornó hacia atrás y entonces vi, bastante más lejos, a un individuo de gran porte parado sobre la cresta de una duna. Me asustó el no haber captado su figura recortada contra el cielo, pero esto quedó de lado cuando me sorprendió ver que aquel objeto se posaba sobre su cabeza y así quedaban, estáticos cual tótem de piedra al rayo inescrupuloso del sol. 

 ¿Sería prudente salir corriendo, o quedarme me develaría el misterio sin perjuicios en mi contra? En eso, de forma absolutamente sorpresiva, aquella criatura desplegó frondosas alas y se elevó volando con gran velocidad, describió un arco que lo puso sobre mí a pocos metros de altura, ¡yo vacilaba hacia donde huir caminando sobre mis propios pasos y tan agazapado como me daban las articulaciones! El tipo se posó casi a mi lado, de forma completamente suave recogió las alas, aunque las mismas se despeinaban con el viento ya que tenía plumas muy largas y blandas en los extremos.

 Creí más que oportuno decir algo: "Buen día". Quedé inmóvil a la espera de cualquier cosa.

-Buen día, caballero patas cortas. -Esto estaba bien, era simpático en el mejor de los casos, pero ignorante: en mi especie somos pelo y pellejo, y en mi caso, particularmente flaco y de patas extremadamente largas, lo que me valió el mote de "El Jirafa" durante mi adolescencia.

Linda cosa volar... (Solté a modo de elogio).

-Linda cosa sí, pero el calor excesivo quita sustentación.

En eso, ¡se desprendió su cabeza y emitiendo un silbido muy bajo, se disparó a la altura como un rayo! ¿Aquel tipo ya no tenía cabeza, pero hablaba!

-Por momentos quisiera tener el coraje del famoso Pingusio para adentrarme quilómetros adentro del desierto y explorar más allá... ¿Qué sabe usted del valle sinuoso y oscuro que hay hacia la zona este?

¿Un valle oscuro en el horizonte? (Respondí atónito... para mí, al menos desde donde tenía visión, todo era una alfombra de arena con dunas caprichosas que se movían cada tanto.)

-Sí, o la espesura boscosa de las montañas al sur, que por momentos parecen tan cercanas...

¿Montañas con bosques? (No podía salir de mi asombro, y tampoco sabía si dudar de lo que me decía o tomarle en serio. ¿Acaso había esas cosas alrededor mío?)

-¡Ja ja, sí, amigo!  Pero claro, difícilmente pueda entender el mundo del que le hablo desde esa altura...

 En eso la extraña cacerola volante volvió y tomó el puesto de su cabeza. El tipo me dio la espalda y comenzó a mover las alas como para dispararse al firmamento, seguramente aquella cabeza voladora le hacía un reconocimiento del terreno al que él luego se aventuraría.

-En fin, creo que prosigo algún quilómetro más, todo aparenta tranquilo...

¡Espere! (Corrí y me puse delante de él. El personaje dejó de mover las lasa y quedó estático, posiblemente se haya asustado por mi reacción desmedida, ¡incluso a mí mismo me sorprendió!)

¿Hacia el sur hay montañas con bosques? (Pregunté casi con desesperación.)

-Amigo, no tiene más que ir en ese sentido que no puede toparse con ellas. Montañas boscosas con cascadas y lagos... hermoso y peligroso.

 El individuo volador se hizo a un costado, permaneció inmóvil y rígido por algunos segundos, y en tres violentos aleteos salió vertiginosamente disparado al cielo, tan rápido que, apenas me giré para cubrirme de la arena que proyectó en su aleteo, volví mi mirada hacia él y era un punto negro volando a gran velocidad y altura... luego lo perdí...

 Había muchas conclusiones que sacar. Ahora caminaba mirando mi sombra en la arena y si bien no levantaba la cabeza, sabía que iba en la dirección correcta a las frutas. Sentí aquella aventura que así consideraba, la de ir por alimentos, algo triste y angustioso... Me intenté ver desde el cielo y percibí que sería un punto insignificante en un paraje monótono bajo condiciones áridas... todo poco amigable  y poco atractivo...

 De frente a mis frutas, las encontré pequeñas y degradadas, en medio de un montecito minúsculo y raquítico donde un bicho  peludo y tan flaco como sus huesos se lo permitían, se alimentaba colmando las expectativas de cada noche y día, y desde donde el universo ya era tan desconocido que se compactaba inexistente.

 Roí la base de las ramas y las arrastré con fatiga. Llegué a la puerta de mi cueva, diminuto hoyo en la planicie de arena, e introduje las ramas con tanto desgano, que apenas sentí se frenaban al rozar con las paredes, las dejé en medio del pasillo y me fui, completamente a oscuras, a mi recámara.

"Montañas con bosques, cascadas y lagos..." Lo confesado por aquel extraño personaje había hecho mella en mí, y notaba que ya nada podría ser como antes... Sabía que desde ahora, cada mañana o noche en el desierto tendría un ingrediente de tristeza conmovedora, y la visión, aunque torpe y mediocre de lo que yo creía un bosque, tendría el poder de la tormenta, abrazándome e impulsándome hacia ella, hacia el sur.

 Pasado un buen rato, mi estómago exigía menos pensamiento y más acción, entonces completé el desplazamiento de las ramas con gran soltura y vigor sorprendentes, lo coloqué en el mejor lugar y con decisión opté por las frutas más pulposas. Era lo que el desierto tenía para ofrecerme, y era cuanto yo quería de él.

 Después de comer, salí de mi guarida y trepé al pequeño montículo que coronaba la entrada. Me senté allí pero mirando a sus espaldas, o sea, hacia el sur. Creí reconocer estrellas, otras tantas me resultaron asombrosamente nuevas, y en un juego sin sentido ni oportunidades de hacer visible algo, las contemplaba hasta juntarse con el horizonte casi que con el poder la intriga y la fuerza de la curiosidad, cortando el desierto y fijando mi vista en un paisaje imaginario de  piedras gigantes bañadas en plantas húmedas de rocío.

 

RV 2022


 

 

 

sábado, 15 de octubre de 2022

 

2022 - Merodeadores / Capítulo 4º: "El Delirio de Ágler"

 

 Desde que me desperté con aquellos terribles truenos  toda mi perspectiva de salir a la superficie en busca de alimentos se esfumó opacada por el tronar del cielo. Rápidamente el delicioso olor de la tierra mojada se introdujo por las galerías de mi cueva con sutileza y seducción, y cuando olfateaba con el hocico tan en alto cuanto mi cuello le permitía, se me hacía evidente al menos asomarme desde la puerta.

 No llovía cuando salí, apenas un furibundo chaparrón llegó a oscurecer la arena, y las nubes pesadamente bajas y azules corrían hacia el monte rastrillando la superficie del desierto con su sombra gigantesca.

 Tomé la decisión de ir precisamente hacia el monte, desde donde apreciaba el perfume de los frutos cálidos y bañados por la tormenta relampagueante que ya era un muro negro en el horizonte. Por algún motivo que me causa todavía asombro, no reparé en esconderme ni tomar las precauciones que siempre tomo al salir a campo abierto, pero creo que el instinto me protegió sabiamente y de esto doy fe puesto que fue de mis salidas menos conflictivas...

 Pero casi llegado al acantilado sentí extraños sonidos que me atrajeron misteriosamente, y no hice más que asomarme al borde del barranco, esta vez con mucha mesura.

 Un personaje latoso y de movimientos de curiosa flexibilidad, daba a entender que se articulaba casi por reflejo, y que su dirección era el capricho de cada impulso descontrolado. Lo observé y noté su interés en rodear los restos del idiota que aquella vez me golpeó y pereció en su caída. Los movimientos que hacía por más que parecían desarticulados obedecían a un propósito claro de acercamiento, y a pesar de lo accidentado del terreno, en dos o tres impulsos quedó a tan solo centímetros del cadáver. Su agilidad, o mejor dicho, eficacia de movimientos, me hizo mirar en rededor puesto que tampoco había hecho ruido alguno, y esto me sobresaltó temiendo hubiese otro igual cerca mío, en actitud amenazante, y con propósitos homicidas.

 Su tamaño era apenas menor al del muerto, y por un momento dudé si se tratase de alguien de su especie, pero mientras caminaba alrededor de aquel despojo oxidado, toda similitud se desvaneció como el agua que apenas dejaba manchones tenues sobre algunos sectores de la arena.

 Bajé lentamente por una ladera del acantilado, siempre agazapado y mirando en varios sentidos, hasta que le sentí hablar y el miedo entró en escena aunque creyera que lo tenía dominado.

-¿Quién es?

Como no miraba en ninguna dirección ni interrumpía su reconocimiento, dudé si se dirigía a mí. Luego alzó la grosera protuberancia que deduje fuese su cabeza e intuí hiciese foco en mí. Su voz gruesa y metálica me había impresionado más que nada, y si bien me detuve y quedé estático, mi cuerpo ya estaba apuntando en sentido contrario apuntando a mi refugio.

No le conozco, yace allí antes de que yo viniese. (Aquél comentario podía delatar objetivamente un punto donde estuviese asentado, por lo que inicié mi regreso con pasos cautelosos).

-Entiendo. -Respondió. Luego de un par de vueltas más alrededor del muerto, proyectó un disparo de luz y se colocó en tres o cuatro posiciones de observación distintas  repitiendo la acción.

-Lleva aquí poco más de cuatro meses, su identificación es "Sable 217F". Pereció al caer desde la punta del acantilado, debido al Delirio de Ágler.

¿Ágler?, le pregunté.

-Ágler Nóvotny, un cartógrafo excepcional que pereció luego de mapear un inmenso sector del desierto de Cook, de hecho se dice que un 15% fue hecho por él.

¿Un inmenso sector, un quince por ciento?, me pregunté. ¿Entonces lo restante a quién corresponde?

-Deambuló por el desierto durante casi veinte días en un estado de locura dantesco, y fue encontrado por un vehículo del correo que se encontraba en servicio. Se llegó a la conclusión que se intoxicó con algún fruto, o fue picado por alguna mosca de la locura. Entre sus pertenencias tenía abundante agua y alimentos, y había dejado de escribir en su diario muchos días antes, aunque las incoherencias se evidenciaban en las últimas páginas.

 Pensé en qué fruto sería, y si las moscas fuesen como las que  comúnmente espanto sin gana ni precaución cuando las saboreo. Todo era una intriga que me aterraba y angustiba, dejando al descubierto mi inocencia al desplazarme sobre este paraje tan árido ignorando todo tipo de amenaza.

¿Y cómo es ese fruto y esa mosca? (Fui derecho al grano, debía informarme lo antes posible porque aquél individuo ya comenzaba a perder interés en su objeto de estudio, y en sus confusos movimientos todo indicaba que se comenzaba a alejar.)

-El fruto posiblemente sea el Copérno, excesivamente duro para mi gusto. En cuanto al insecto, se trataría del Moscardón Corintio, pero no es de esta zona...

Mis frutos no son duros, y esa cosa voladora y picadora no es de aquí, pensé. "¡Entiendo!", repuse con tono baqueano y con el hocico en alto, como dándole a entender que era de aquí y conocía la zona y sus criaturas deambulantes.

-¡Cuídese! -Me gritó y comenzó su camino casi en dirección al montecito.

 Lo contemplé hasta que ya era un punto levitante en el horizonte, pero lo hice en movimiento, en dirección a mis soñadas frutas. Entonces sentí un trueno sórdido que parecía un puño gigante golpeando el desierto.

 Llegado al monte. opté por las ramas más verdes dentro de las maduras, roí su base y emprendí la vuelta a la cueva. Ni reparé en el acantilado y el cadáver momificado del imbécil que allí descansaba en postura sinuosa.

 Cuando introducía la rama en mi hogar, las primeras gotas, grandes y pesadas, comenzaron a estallar contra el suelo. Algunas me alcanzaron y fue como si me inyectaran frío...

 Permanecí en la galería con algunos frutos, luego de haber dejado la rama en la cámara más profunda. Desde allí, veía la lluvia y los relámpagos me enceguecían por segundos, y en este juego, cuando miraba las frutas parecían contener una fosforescencia mágica y eso me daba la impresión que me aportaban poderes especiales... o al menos eso me imaginaba mientras las comía.

 Luego la lluvia se volvió monótona y el viento se volvió demasiado frío como para permanecer allí, entonces volví al interior de la cueva, donde estaba mi rama recién traída.

 Al entrar en la cámara, me sorprendió lo oscuras que estaban las frutas, luego recordé no haber traído las más maduras: posiblemente al temor de que me intoxique con aquellas demasiado maduras, o dando por sentado que la lluvia duraría mucho y de allí no saldría por un tiempo, razón por la cual, las frutas madurarían poco a poco en su proceso natural de descomposición, como todas las cosas.

 

RV 2022 

 


lunes, 22 de agosto de 2022

 

2022 - Merodeadores / Capítulo 3º: "El enterrador de monedas"

 ¿De qué podría servirme permanecer en la guarida si cualquier cosa que pueda acontecer en el exterior, nunca depende de mí? Se repite el odioso malestar por el que una y otra vez atravieso, tengo hambre y no deseo salir  de aquí adentro... Trato en vano de limitar el consumo de cualquier cosa, pero en el movimiento cotidiano esto se vuelve imposible, y al sacrificio de no ingerir alimentos se suma un hambre voraz que termina por hacer que deprede todo lo que encuentro a tiro.

 Todos estos cuestionamientos me apresuran a acercarme con recelo contenido a la salida de mi pequeño hogar, husmear y enterarme de qué sucede fuera de mi pocilga amada. Lo primero que puedo sentir es el olor que el viento introduce sin permiso en la primera sala que da hacia afuera y que está comunicada con el centro de mi casa a través de un largo, complicado y muy sinuoso corredor.

 Puedo sentir el agua contenida en nubes, pero algo lejanas; la tormenta viene o va hacia otro lugar, aquí apenas caerá algo de agua. El cielo está cobrizo, denso de nubes bajas, la temperatura es absolutamente agradable, parece haber más luz sobre la cortina de nubes, aquí llega como un resplandor secreto...

 Me decido a salir y correr en el sentido de las piedras que se acumulan al lado occidental de mi guarida, y a las que he ido agregando otras más pequeñas que también me sirvan de refugio y me cubran en caso de peligro. Puedo sentir el olor frutal de alguna planta, aunque lejana, pero a punto para ser abordada. Será cuestión de movimientos ligeros y en dirección precisa, nada se observa más que arena y la mancha oscura del afluente de agua unos setecientos metros abajo, en un terraplén casi plano pero decididamente inclinado hacia el montecito de Kululók.

 Perfecto, así me manejo, con velocidad y economizando energía. Se trata de un trámite pesado del que no me puedo eludir,  y por más fuerza que haga debo cumplir sí o sí. Pero de repente algo corta la sequedad lineal del desierto, y está en movimiento... Aguardo inmóvil, consciente de que no me ve. En un frenético mover de mis ojos calculo hacia dónde escapar en caso de evidente amenaza, y estoy más que sobrado para tener éxito.

 El individuo es muy torpe y lento, se para con cierta incertidumbre, como si no estuviese convencido del lugar escogido, se balancea cual boya, y de improviso...  ¡por la base de sus pantalones brotan cientos de monedas! Todas corren al suelo y patinan sobre sus diminutas botas... Luego parece apisonarlas, y ya no están más, no existen, quedan cubiertas por la arena. Ahora se traslada zigzagueante, escoge otro lugar, no parece muy seguro... lo deja, camina un par de metros a su izquierda, ¡allí sí! ¡Nuevamente lo mismo, una catarata de monedas se hunde en la arena y él las pisa hasta hacer desaparecer!

 Debo acercarme, no puedo pasar por alto este fenómeno, y entonces me coloco de modo de que me vea, y así y todo, no le causo el menor interés. Opto por entablar un diálogo, por absurdo y peligroso que pueda parecer, necesito hablar con ese personaje...

Sin darme cuenta, la franja de plantas de Kululók está apenas a unos trescientos metros... Todo es calmo y lento, pero aún así, conservando una distancia de veinte metros, le hablo al borde de que apenas pueda sentir mi voz, pese a mi esfuerzo:

¡Buen día, parece que se viene la lluvia!

 El personaje apenas se giró para mirarme. Su forma de bolsa hace difícil entender hacia qué lado tiene la cara o la espalda, y es en su desplazamiento que uno puede hacerse la idea de dónde tiene ubicados estos elementos que constituyen vagamente a todo ser.

 -¡Buenas tardes! No se asuste, amigo, el agua está de paso y en sentido contrario...

"¡Buenas tardes!", idiota de mí que hago un comentario sobre el clima y no soy consciente de que el medio día ya pasó hace horas... En fin, su actitud parece bastante amigable, entonces puede de que me arriesgue a otra pregunto, en lo posible, sutil.

¿Qué hace? (Pregunté ya sin disimulo y las sutilezas son para otra gente, yo no las se utilizar.)

-Mire, desde hace un rato, como veinte años, que entierro monedas, ¿sabe? Es una tarea difícil en la medida de que uno no se sienta seducido por el brillo mágico de la arena, y se plantee enterrar de forma pausada y en amplias zonas, diseminando las monedas de manera elegante y con sabiduría.

(¿Pero qué significa estar seducido por el brillo de la arena y enterrar monedas con sabiduría? Este tipo esconde algún secreto, es posible que pueda descubrirlo si logro que el coloquio tenga una extensión considerable.)

 Supe de gente que desentierra monedas buscando tesoros, pero no sabía que hubiese quienes hacían camino inverso. (Comenté con incredulidad pero con el respeto que entablan los paisanos cuando dicen estupideces en un mostrador mientras ingieren alcohol como si se tratase de un proceso de curación o algo por el estilo.)

-Entierro monedas, me brotan por la noche y me llenan hasta volverme osco y torpe, entonces, cada dos o tres días las disemino por el desierto de Cook. Encuentro placer en ver como los diamantes de la arena se tragan cada círculo metálico, y es como si nutriese al desierto con secretos por descubrir, y el desierto me escucha y lo consiente en silencio...

(¿Pero de qué está hablando, desde cuándo el desierto escucha y puede reconocer monedas de otra chatarra? Bueno sería que le brotaran cosas más pesadas y de metal, como anclas o yunques, a ver qué haría...)

¡El desierto bien agradecido debe quedar albergando tanto secreto, porque no hay nada que le guste más que saberse escarbado en sus entrañas por aquellos que buscan historias! (Después de un comentario tan idiota, me puse en movimiento hacia las plantas, el brillo naranja de las frutas se imprimió en mis retinas y salí corriendo como alma que se lleva el diablo.)  Apenas pude sentirle a mis espaldas exclamar:

-¡Si usted lo dice...!

 En cuestión de minutos roí de forma salvaje dos ramas frondosas e infectadas de mosquillas debido al almíbar de los frutos. La sacudí y los insectos se disiparon tristemente, como embriagados por el azúcar que habrían consumido. Puse la rama más madura sobre aquella más verde, luego tomé agua hasta hincharme como un barrilito. Después tomé con la boca  la base de la rama que hacía de cama, y emprendí feliz el camino a casa.

 Estando a pocos metros de mi guarida, noté con disgusto que aquel extraño enterrador de monedas estaba a unos ochenta o setenta metros de la entrada. Lo observé un rato antes de introducir las ramas por las galerías oscuras de mi hogar, esperando que se aleje y que no disemine esas porquerías tan cerca de aquí. Podrían ser motivo de búsqueda de algún imbécil que las aprecie para luego cambiar por cosas a otro desgraciado, como por ejemplo el alcohol de los paisanos, y así, excavando, llegue a destruir mi casa.

 Dejé las ramas dentro de mi tatucera y corrí por las galerías sintiendo el líquido hacerme ruido en el estómago: ¡esto me da mucha gracia y me hace reír mucho! Entonces salí y me costó un rato encontrar al enterrador de monedas. Luego de mirar en varios sentidos, lo vi trepando una duna para luego desaparecer con cierta agilidad. Por lo visto había terminado su tarea y volvería quien sabe dónde.

 Yo corrí por el pasadizo de mi casa rumbo a mis frutas frescas, mientras el agua hacía sonidos curiosos que retumbaban por el corredor, y me hacían reír pensando en cómo sonaría mi panza si estuviese llena de monedas.

 RV 2022

 


 

 

 

viernes, 10 de junio de 2022

 

2022 - Merodeadores / Capítulo 2º: "La caída"

 Al zumbido espantoso que me compactaba la cabeza, un punzante dolor del lado derecho de las costillas me congelaba obstaculizando la respiración. En aquella postura tan incómoda, el frío distraía mis nervios adormeciéndome casi por completo, pero la necesidad de aspirar aire, desparramaba nuevamente el dolor por mi cuerpo.

 Estaba consciente, y sin darme cuenta, mis patas ya estaba en una postura natural, lo que me alegró de forma sorpresiva. Ahora respiraba con un dolor intermitente, y llenaba los pulmones con tanta lentitud que me resultaba maravilloso el jactarme que ese ejercicio lo hacía de manera mecánica y constante sin reparar por un segundo en él.

 Decidí no moverme, porque los dolores podían aflorar al menor instante. El no articular el cuerpo, me impedía cerciorarme de que realmente estuviese bien, y mi estática posición fuese la manera de engañar una lesión. ¡Pero había cambiado de posición las patas, y esto no había sido motivo de dolor ni queja alguna!  Decidí incorporarme. Apareció el dolor en las costillas, pero solo eso, entonces poco a poco quedé parado aunque con cierta flexión en las piernas, y al dolor de las costillas que obstinadamente me atormentaba, lo acomodé con una suerte de engaño donde retenía el aire cuando articulaba la pata delantera derecha.

 Así retomé el camino a mi guarida, furioso de dolor y angustiado por la confusión...

Entonces, al igual que las puntadas que me hicieron temblar de dolor, apareció la respuesta, y como en una caída de fichas de dominó, quién me la provocó, cómo y cuándo.  

 Pues estaba allí, a pocos metros de mí pero los suficientes como para escapar corriendo, el tema era que con aquella herida de la que no tenía idea de su magnitud, ignoraba si me quedaría en el intento, atrayéndole nuevamente a atacarme para entonces rematarme.

 Opte por la quietud, además estaba bien escondido entre piedras tan irregulares, que podía meterme entre ellas y tener así, por lo menos, una posibilidad de prolongar mi vida.

 Quien me había hecho aquella brutal herida, fue una criatura aberrante y desagradable que rotaba sobre su propio eje apuntando arbitrariamente a objetivos imaginarios en su alrededor. Era rápido, aunque torpe, con balanceos abruptos del cuerpo generados por el impulso exagerado que hacía al moverse y cambiar de flanco.

 En más de una ocasión había apuntado hacia mí, pero sabiendo de lo absurdo de su criterio para enfocarse en algo, simplemente permanecí quieto, contemplándole, con más odio que miedo.

 Él continuo moviéndose y avanzando sin sentido, siempre de igual manera, y cada tanto, tiraba brutales patadas al vacío que lo desestabilizaban tanto que queda a punto de caer...

 La curiosidad y el quedarme quieto hacían soportable el dolor, y si bien en más de un cambio de postura comprobé que estaba mucho mejor de lo que creía, era necesario entender la lógica de aquel individuo deplorable que me había agredido sin que yo me diese cuenta siquiera de su amenaza cuando silenciosamente se me acercó. Pues sí, rápido, torpe y silencioso: una fatal combinación que me ubicó en la demencial carrera de una de sus patadas y que me sorprendió dejándome inconsciente del golpe.

 El frío era cruel, pero aliviaba la contusión y me mantenía alerta. Él continuaba con su danza demoníaca, en completo silencio y escalofriante esfuerzo. En uno de sus brutales puntapié, rozó una piedra que igual movió por la potencia del mismo, y así y todo continuó como si nada, como si aquello para él no hubiese existido.

 Ya estaba lejos, yo ya podía moverme y escapar sin que él se diese cuenta, pero al verle aproximarse a una ladera alta donde un violento accidente rompía la planicie del desierto con un precipicio de más de veinte metros, decidí seguirle en la penumbra de la noche poco iluminada, ansioso de verle caer desde allí sobre las piedras que tapizaban el lecho de aquella depresión.

 No me defraudó, y luego de un rato pataleó en el borde del acantilado: yo reía en silencio al verle escapar de una caída mortal al cambiar inexplicablemente de sentido, alejarse del peor destino, y encaminarse nuevamente hacia la nada. Y llegó el momento, más temprano que tarde, en que tiró una patada a modo de latigazo, tomó de lleno a una roca, esto lo torció con tanta fuerza que emprendió una carrera hacia el lado opuesto del golpe, intentando desesperadamente retomar el equilibrio, pero cuando ya casi lo había logrado, se le terminó el desierto y calló al vacío.

 Yo me mantuve absolutamente expectante al desenlace que tendría una maravillosa confirmación con el sordo golpe de su cuerpo contra las piedras... ¡práp!, así ocurrió.

 Corrí con dureza y el dolor me volvió a mi penosa realidad, pero gané el borde del acantilado con rapidez. Desde allí arriba le divisé con claridad, y noté en su confusa postura las incongruencias caprichosas de un terrible impacto contra las piedras, una quietud de tela y el tamaño insignificante de cualquier criatura inmersa en el desierto.

 Lo observé un largo rato, tomando mis recaudos siempre en mirar enredador, por si no me llegara a agarrar distraído otro de estos engendros delirantes. El camino a mi guarida estaba algo alejado de donde estaba el cuerpo inerte de mi agresor, y más allá de que daba por finalizada la caza frustrada y accidentada de aquella noche y me dirigiría sin demoras a mi hogar, opté por inspeccionarlo más de cerca, confirmar su deceso y calmar mi sed de venganza.

 Destruido, completamente destrozado y asombrosamente desconocido debido a la caída. Lo observé otro largo rato, pero esta vez desde diferentes ángulos y siempre a distancia prudencial, y en este ejercicio de apreciación llegué a su lado. Allí estuve aún más rato que el sumado por todas mis instancias anteriores de vigilancia. El aire no corría y la sólida postura de su cuerpo, estampada a las piedras, hacían tan falsa la escena como la de un pesebre.

 Localicé la angustia que me aquejaba, y era mi deseo de orinar y el temor de que me duela el hacerlo. Pero era necesario dejar ese lastre y lo hice sobre los restos de aquel bruto que por poco me había matado con sus coreografías de imbécil subnormal. En el placer de evacuar y no sentir dolor alguno, mi esmero por rociarle de la forma más completa fue una tarea de gran empeño.

 Volvía a mi hoyo entre mis fieles guardianes de piedra y no encontré mejor idea que orinarle todos las noches, o cuando por allí me encontrase; un poco para recordar aquel momento siniestro con final feliz, otro por marcar mi zona de caza a otros depredadores que ocasionalmente se adentrasen en él, como señal del destino fatal que les esperaría de cruzarse en mi camino.

 

RV 2022